CIFRAS Y LETRAS

Dos de cada diez personas de este planeta no saben contar. Tres de cada cuatro no se acuerdan de la tabla de multiplicar y seis de diez creen que una raíz cuadrada es una especie de árbol bonsái de los que cuida el jardinero de Felipe González, como todos saben muy aficionado a los arbolitos liliputienses. El problema de este sindiós es la relación entre los humanos y las cifras. Se llevan bien, pero hasta cierto punto. Mejor dicho, en un bajo porcentaje, entre un 5% y un 8% para ser exactos. ¿Qué nos pasa a los seres humanos con las cifras y las letras? Probablemente sea un problema de incomunicación entre nosotros y los números o quizá entre las palabras y nosotros. El diálogo con los primeros no debería ser difícil ya que a priori no hay mucha complicación: dos más dos siempre serán cuatro. Ni tres, ni cinco: cu-a-tro. Pero nos empeñamos en creer que cuanto más sepamos de números, ellos nos transformarán en cifras, dejaremos de ser personas, de llamarnos Juan, Ana, Pepe o Luis, para ser simplemente: el “number one” de su promoción o la “mujer 10”. Quizá para contrarrestar ese miedo a ser poseídos por las cifras, prefiramos poner nombre de número a las cosas que poseemos: “tengo un 600”, “pues yo tengo un 306”, “yo tengo un cuatro por cuatro” y así, hasta el infinito.

Con las palabras ocurre algo parecido, pero a la inversa. Parece que cuantas menos palabras pronuncies, mejor para todos. El niño callado de la clase, todos creen que es el más listo. La mujer cuando no habla, dicen que está más guapa. El empleado que no abre la boca, conserva su puesto de trabajo (ya que si habla, se va a la puta calle). En fin, que en este caso, el vencedor está claro: Ser humano, 1. Palabras 0. Pero en este mundo de incomunicación entre los humanos y las cifras y letras, siempre habrá quien se revele y busque entablar relación que va más allá de la amistad. Si no fuera por las palabras, este relato no existiría y si no fuera por mi maestra de matemáticas y el jardinero que cuida los bonsáis de Felipe González, como ser humano, yo tampoco existiría. Qué vida ésta.

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