AMOR EN EL ASCENSOR

En las distancias cortas, nuestro orgullo, como decía el anuncio de Brumel, nos la juega. El ascensor es uno de esos lugares. Hace tres meses coincidí en el de casa con mi vecina universitaria. Yo camino de la oficina y ella empalmando una noche de marcha para ir a clase, supongo. Está en plena edad del pavo, a pesar de tener ya 20 años. Que hoy en día, el pavo se estira más que Casillas parando penaltis. Al encontrarnos en el ascensor, nada más había que ver la cara que puso al verme para darse cuenta de que para ella todo aquello que tenga más de 20 años es historia, en mi caso, prehistoria. Donde yo veo a un hombre maduro, ella ve a un dinosaurio del pleistoceno, aunque para ella el pleistoceno debe ser el nombre del nuevo “mall” abierto en el PAU de Rivas Vacíamadrid.

Cuando entré en el ascensor, para disimular, hice lo que hace todo el mundo: mirar al espejo (un ascensor no tendría la categoría de ascensor si no tuviera un espejo) y al verme a mí mismo comencé a percibir las imperfecciones propias del paso del tiempo, a saber, entradas pronunciadas, bolsas bajo los ojos, manchas en el dorso de las manos, surcos en la piel…y donde antes había un hombre maduro, empecé a ver a un tiranosaurios rex.

El trayecto del quinto piso al portal se convierte en una eternidad cuando vas en un ascensor acompañado, y la eternidad parece no tener fin si se trata de la vecina universitaria que luce un tanga rojo asomando por encima del pantalón vaquero, dejando ver un triángulo que debería estar homologado por la Dirección General de Tráfico para poder circular por vía pública. Para que no pensara que soy ese vecino viejo verde del quinto, desvié la mirada de nuevo al espejo con la mala suerte de encontrar el reflejo de su escote que dejaba imaginar dos pequeños pechos por entre el botón inteligentemente desabrochado de su blusa vaporosa semitransparente, tras la que se adivinaban dos sonrosados pezones estratégicamente ubicados. Entonces bajé la vista para no parecer indiscreto, con el infortunio de encontrarme de bruces con una erección del tamaño de una tienda de campaña de ocho plazas, de esas que se montan lanzándolas al aire y que venden en el Decathlon de las Rozas por menos de 50 euros. Rápidamente introduje mi mano en el bolsillo con el fin de ocultar el bulto impropio de mostrar en espacios públicos y aún más impropio para un hombre de mi edad, pero ya era tarde. La risita adolescente de mi vecina en plena edad del pavo retumbó por todo el ascensor y por consiguiente en todo mi orgullo masculino: “Tu también eres de esos tíos que van a cuestas con el cargador del móvil, ¿no?”

Desde ese día subo andando las escaleras. Y de dos en dos, como un tiranosaurios rex.

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