LA AGORAFOBIA

Tengo una amiga que es enemiga de tener amigos. Sé que suena mal, tanto la construcción de la frase como el problema que tiene mi amiga debido a su miedo a tener amigos. No hace falta ser un lince para saber que lo que tiene es agorafobia, que según la wikipedia (la competencia directa de la Real Academia Española) significa tener “un trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a los lugares donde no se puede recibir ayuda, por temor a sufrir una crisis de pánico”. La pobre no sale de casa y cuando lo hace, se pasa el día en la consulta del guapo psiquiatra del que todas hablan, quien con paciencia y dedicación dignas de un profesional de su talla, trata de hacerse amigo de ella y así matar dos pájaros de un tiro. Por un lado curar su fobia a los espacios abiertos y por el otro invitarla a cenar y a lo que surja. Como ustedes pueden adivinar, al psiquiatra le hace “tilín” la paciente, o sea, mi amiga. Pero él trata de disimularlo por el rollo ético de que los médicos no pueden tener líos con sus pacientes, aunque sí con el Ministerio de Sanidad, a juzgar por el número de huelgas que hay últimamente cada dos por tres por el asunto de la privatización de la gestión de la Sanidad pública, que dicho sea de paso abre una brecha en los derechos ciudadanos y destruye los principios de equidad y universalidad en el territorio español, además de establecer dudas muy graves acerca de la atención a los más débiles (lo tenía que decir de corrido, lo siento). Pero a lo que iba, nunca supe de donde venía lo de no poder tener una aventura con un/a paciente. Todo el mundo sabe por ejemplo, que los pilotos se lían con las azafatas, los directivos con sus secretarias e incluso las profesoras de facultad con sus alumnos más dotados (físicamente, se entiende) y por ello nunca nadie ha puesto el grito en el cielo, bueno, las azafatas sí, en su caso, el gemido. Yo no me opondría a que mi amiga tuviese un rollo con su psiquiatra, o un affair, si lo prefieren decir así. De este modo, los dos saldrían ganando. Ella ahorraría un pastón en consultas médicas y él, como psiquiatra, tendría más tiempo para continuar psicoanalizándola en profundidad metiéndose de lleno en su cabeza, y también donde ella le dejara meterse. Se mire como se mire, son ventajas para todos. Salvo para mí, que perdería a la única amiga que tengo con la que no me da miedo hablar. Pero eso ya es problema mío, y desde el punto de vista clínico se llama glosofobia.

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