LA CENA DE ANTIGUOS ALUMNOS

La amistad tiene tantos o más afluentes que el río más largo del planeta, o sea el Amazonas (creo que es el Amazonas, no me hagas mucho caso que de geografía nunca he sido muy ducho). Y al igual que él, tiene sus remolinos, sus cascadas, sus meandros, sus más de cinco metros de profundidad en algunas zonas y hasta su parte navegable y todo. Ayer estuve cenando con unos amigos, antiguos alumnos de facultad, a quienes hacía más de 17 años que no veía, pero volvieron a mi río de la amistad como el Guadiana que desaparece por infiltraciones subterráneas a su paso por Argamasilla de Alba (de esto sí estoy seguro porque lo he mirado en la wikipedia). Como era de prever, hicimos balance de nuestras vidas tras estos 10 años de ausencia de amistad. Compartimos lo sucedido en los remolinos de nuestras vidas, cómo sobrevivimos a ellos y cuándo salimos de nuevo a la superficie a respirar para seguir navegando irremediablemente hacia el mar de nuestro destino, como decía el poeta nicaragüense. De regreso casa, con algo más de alcohol en las venas de lo normal (caminando, ya que no conduzco), daba vueltas en mi cabeza a la idea del paso del tiempo, de los caminos emprendidos por separado y de cómo a pesar de ello, hay algo que une y mucho. Pensé que sería por culpa del efecto ensalzador de amistad que posee el alcohol, especialmente si es destilado en las mejores bodegas de Escocia, pero al levantarme esta mañana, a pesar del resacón, he continuado dándole vueltas a la cabeza al mismo tema. Me imagino que a ti, que estás leyendo esto, te ha pasado algo parecido en alguna ocasión, lo de encontrarte con viejos amigos digo, porque lo de empaparte en alcohol doy por hecho que lo haces casi cada fin de semana. Y también estoy convencido de que habrás llegado a conclusiones similares. La amistad es un ser vivo que habita en nuestro interior. Un ser que hay que alimentar con frecuencia a base de llamadas de teléfono, emails, detalles en los momentos adecuados…Quien se dio cuenta de ello fue el chico ése que inventó el Facebook. Empezó a hacerlo con sus amigos de universidad, como también lo hice yo ayer con los míos, pero en lugar de hacerlo en un restaurante, él lo hizo en internet, por lo que volver a reunirse con antiguos amigos resulta muy saludable para el corazón, aunque no tanto para el hígado, como fue en mi caso. Parece que el invento del Facebook ha hecho ganar millones de dólares al jovencito estadounidense. Yo por mi parte sólo he ganado una resaca de tres pares de narices y una depresión de caballo al ver que a mis amigos les ha ido mejor que a mí en el río de la vida. Tendré que hacerme digital para conseguir el mismo éxito que el tío que inventó el Facebook, eso si no me ahogo antes navegando en el mar de internet, que todo apunta que sea así. Qué vida más triste.

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