SOY UN MOSQUITO

Siempre he querido escribir una carta al director de un periódico, pero nunca me he atrevido. Probablemente por el miedo a que el director y toda la plantilla de la redacción a la que se le suman los miembros del departamento de maquetación y los de la imprenta lean lo que escribo y sea el hazmerreír del tabloide. El miedo es así, primero te paraliza y luego te devora, como hacen las arañas con los mosquitos. Así es como me siento yo ante un folio en blanco cuando me dispongo a decir lo que pienso, como un mosquito.

Pero hoy me siento más fortachón que de costumbre y estoy decidido a rellenar una hoja tamaño A4 de arriba a abajo escribiendo lo que pienso sobre todo lo que me hace pensar. Las dimensiones de un A4 no son muy grandes (las del papel, quiero decir, no las del modelo del coche marca Audi que es casi tan grande como el Air Force One de Obama), pero con letra pequeña se pueden decir cosas de consecuencias terribles. Baste mirar la letra pequeña de los préstamos bancarios para descubrir el poder de una tipografía Times New Roman en cuerpo 3. Los temas que he escogido para redactar mi carta al director son tan variados como el surtido Cuétara. Los hay generales como el efecto devastador del cambio climático en el planeta tierra hasta más específicos como la proliferación de baches en las aceras de mi barrio donde no se ve pasear a ningún concejal ni a ninguna otra especie de coleóptero desde hace años.

Después de hora y media de escritura milimétrica, he completado mi carta al director y puedo decir que mi complejo de mosquito ha mutado tal y como también ocurre a los insectos no humanos cuyo organismo es capaz de sobrevivir a cataclismos nucleares, en el caso de que un día ocurrieran. Aunque estoy seguro de que algún que otro insecto humano también lo lograría, especialmente aquellos cuya mansión tiene construido un refugio nuclear en lugar de un sótano húmedo que es donde suele haber más insectos por metro cuadrado.

Hay casi tantas clases de mosquitos como de humanos. Están los Culícidos (qué nombre, Culícido) que se liquidan simplemente con un fogonazo de Raid y suponen más molestia que peligro para la salud. O el Anofeles, el mosquito que transmite la malaria y que con su picadura es capaz de hacer temblar a la raza humana y contra el que no hay fogonazo que valga. En el caso de los insectos humanos, sería necesario algo más que un fogonazo, pero una carta al director de un periódico, puede ser un buen comienzo. En la que acabo de terminar de escribir, no pretendo salvar al resto de la humanidad, ni modificar los hábitos de conducta de ninguna clase social, ni tampoco creo que lo consiga, como tampoco lo conseguiría un bote de Raid en las ciénagas del sur de la India; simplemente me conformo con hacer pensar a esos altos directivos que con su aguijón de insecto nos inoculan el veneno en forma de interés porcentual que nos deja paralizados para que luego sus parientes las arañas nos devoren en cualquiera de las sucursales que conforman una red bancaria. No creo que consiga mi objetivo, pero como mosquito culícido que soy, molestaré un poco. Como decía el escorpión a la rana: no puedo evitarlo, es mi naturaleza.

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