LA ECONOMÍA ES MINIMALISTA

El minimalismo, esa corriente arquitectónica caracterizada por la simplicidad de las formas especialmente en el diseño de interiores, ha terminado por exteriorizarse e invadirlo todo. El precepto básico “menos es más” que pregonaba allá por los años 40 el diseñador alemán Mies Van Der Rohe parece que ha calado hondo, pero 75 años después. Hoy todo es menos. Los teléfonos son pequeños, los automóviles son pequeños, las viviendas son pequeñas; por pequeños también tenemos los salarios, la educación, la familia, la política y sus políticos y hasta el amor, que cada día es más pequeño que el día anterior. Los grandes empresarios, por ejemplo, son minimalistas de diseño. Saben mejor que nadie que menos para los demás, es más para ellos, quizá por eso sean los únicos que en lugar de pequeños, son “grandes” empresarios. Saben como nadie imitar la máxima de Mies Van Der Rohe del “menos es más” pretendiendo convencernos que la nómina mileurista es “lo más”. Quien llegue a cobrar los mil euros, claro. Si el talentoso Van Der Rohe levantara la cabeza y tuviera a bien pisar uno de esos bancos donde todo es diseño minimalista menos los beneficios, probablemente repensaría su dogma de fe y lo reconvertiría en menos es menos y más es más, que es la realidad donde vivimos los que somos pequeños.

Al diseño le ocurre lo que al mundo del arte. Dependiendo de los ojos de quien mire, significa una cosa o significa otra completamente opuesta. Para algunos, la silla “Barcelona” creada por Van Der Rohe es una obra maestra del mobiliario doméstico y para otros es sólo un lugar donde poner el culo. A la crisis económica le pasa lo mismo. Para unos es una obra maestra del libre capitalismo y para otros es poner el culo mirando al sistema capitalista. Es lo que tiene la mente humana, que relaciona cosas que aparentemente no tienen conexión alguna, tal y como acabo de hacer yo buscando similitudes entre el diseño y la economía. Es evidente que no tienen nada que ver, salvo por el pastón que acabo de pagar por una silla Barcelona donde pongo mi culo para acordarme que he dejado los números de mi cuenta bancaria del mismo color rojo Ferrari del banco donde tengo los ahorros y patrocina la marca automovilística que avalaba a Fernando Alonso, antes de ir a menos en el circuito de Fórmula 1. Seguro que mañana me llama el director de la oficina para preguntarme dónde está mi dinero (su dinero). Le diré que se lo he dado a Van Der Rohe. Y conociendo su nivel cultural, pensará que es el nombre de un banco de la competencia. Pobrecito.

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