EL VIDEOCLUB

Ya nadie alquila películas de vídeo. Los tiempos del VHS (qué palabra, ¿verdad? Uve-hache-ese) ya no son lo que eran. Hace años, allá por los ochenta, montar un videoclub de barrio en el extrarradio era un negocio de cine. Lamentablemente, ya no. Con la llegada de internet, o mejor dicho de “las bajadas de la red”, los videoclubs han bajado también y lo han hecho tanto que han acabado bajo tierra. El videoclub tuvo su momento de gloria ya que en sus estanterías podías encontrar todo tipo de películas y de cintas. Las había hasta “vírgenes” que eran esas en las que podías grabar y encapsular otros momentos de gloria: los tuyos propios. El vídeo de la boda, el vídeo de la primera comunión, el vídeo de las vacaciones en Gandía, el vídeo del España-Malta, el vídeo del niño diciendo pa-pá, pa-pá…la historia de nuestra vida en una cinta color marrón oscuro de un centímetro de ancho por cuarenta metros de largo. Eso las que duraban noventa minutos, porque las que duraban doscientos cuarenta minutos podían medir trescientos metros. ¡¡¡Cuántos momentos de gloria en cien metros de cinta!!!
En los videoclubs de barrio, alquilabas desde aquella película que nunca pudiste terminar de ver en el cine porque estabas metiendo mano a tu novia, hasta el último estreno que ponían en el cine al que dejaste de ir porque tu novia (actual mujer) prefiere quedarse en casa. Queda claro que si tu novia (actual mujer) ya no quiere ir al cine y prefiere ver una peli en casa, te está diciendo que la calidad de la historia que comparte contigo ya no merece disfrutarse en pantalla grande. Por eso, la evolución lógica era que después del cine en el cine, del vhs en la tele y del DVD en la pantalla de plasma, triunfe en todo el mundo el Youtube en el móvil. Nuestra vida se va minimizando en formato y en calidad. Y lo peor de todo, es que encima está de moda. Tanto el Youtube, como lo del grado de calidad de nuestra vida, pero nadie parece darse cuenta o puede que sólo sea yo el único que se fije.
La última vez que me metí en una sala de cine a ver una peli a lo grande fue en el estreno de Titánic. Jó, qué peliculón. Vaya llorera. Luego la he visto unas cuatro veces más en formato VHS, otras ocho en DVD a cámara lenta, y al igual que la primera vez, otras tantas lloreras. Me da la sensación de que con mi vida ha sucedido lo mismo que en la peli de Leonardo Di Caprio: sé de sobra lo que va a pasar con el barco, pero sigo soñando con vivir algo como lo que vivieron sus protagonistas. A la espera de que la saquen en Youtube, bajaré al video club a ver si la alquilan, si aún sigue abierto, claro.

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