OBEDECER OS HARÁ LIBRES

Llevo tres días sin beber alcohol. No ha sido decisión mía, es que me lo ha prohibido el médico. Y como soy muy obediente, pues obedezco. Tres días, se dice pronto. Para los que sólo beban en fin de semana, lo que significa tres días sin probar ni gota les sonará a chino. Pero para quien no puede probar bocado sin macerarlo con una copa de vino, sabrán de qué les hablo. Cuando hablo de probar bocado, no me refiero a aderezar un chuletón de ternera de kobe con un Cabernet Sauvignon o un tinto de Pinot Noir. Me refiero a desayunar un par de latas de cerveza y continuar con un Sol y sombra como mandan lo cánones. Que digo yo que las costumbres están para cumplirse, ¿no? ¿Dónde se ha visto que un maestro tornero sin graduado escolar acuda a su puesto de trabajo en la fábrica sin meterse unos cuantos orujos antes de fichar a las ocho de mañana? Para eso se madruga. Para eso, y para llevar el pan a casa cada día. Un pan que alimenta a cuatro churumbeles y a una mujer que se deja las rodillas y parte de la piel que cubre la yema de los dedos limpiando con productos químicos el suelo de oficinas bancarias a cuatro cincuenta euros la hora.

Muchos de los que lean esto pensarán que aún así, hay que dar las gracias a Dios por tener trabajo. Aunque preferiría ser el párroco de la iglesia de mi barrio, que sólo se arrodilla veinte segundos cada domingo en misa de doce para levantar el cáliz de vino y luego bebérselo de un trago y encima le pagan por ello y bastante bien, por cierto. Aunque sólo fuera por caridad cristiana, o por piedad, o por lo que sea que dice la religión cristina que hay que hacer por el prójimo, me gustaría que supiera lo que significa tirarse siete horas al día hincado de rodillas. Al igual que él, yo también levanto mi cáliz, pero lo hago cada día antes de entrar en el curro. Y lo hago rebosando vodka marca blanca. Que conste que también lo hago para rezar a Dios, pero para que no me quite lo poco que tengo, que son mi mujer, mis hijos y mi trabajo en la fábrica de ocho de la mañana a siete de tarde.

Si Dios viviera en la tierra, cosa que dudo, procuraría que la humanidad que creó a su imagen y semejanza estuviera un poco más equilibrada. Así mi mujer pasaría más tiempo de pie, los curas algunas horas de rodillas y yo bebería la mitad de lo que bebo. Pero como me educaron en el cristianismo, asumo la obediencia como orden divina y estoy obedeciendo la orden del doctor, que para mí es Dios y por eso llevo tres días sin beber. No por decisión mía, insisto. Espero que el cura de la parroquia de mi barrio cumpla su parte del acuerdo y lleve tres días arrodillado tal y como le ordena su Dios. Pero lo dudo. Lo dudo mucho.

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