ME PASO EL DÍA BAILANDO

Me ponen nervioso las mesas a las que le cojea una pata. Especialmente en los restaurantes. Apoyas los codos y de repente toda la vajilla comienza a bailar espasmódicamente como esos “bakalas” en los parkings de las discotecas del extrarradio. La aproximación de la cuchara de sopa a la boca es considerado cuanto menos un acto de suicidio, especialmente cuando es sopa de cocido. Puede que en ese traqueteo, parte de la cuchara modifique su dirección víctima de la inercia y acabe abrasándote una mejilla desfigurándote de por vida. Me pregunto qué les costará calzarla con medio tapón de corcho de botella de vino como se ha hecho de toda la vida de Dios en los restaurantes de toda la vida de Dios que sirven menús de toda la vida, incluso antes de Cristo. Cuando entras a un restaurante, la intención es llenar el estómago, está claro, pero lo que acaba lleno es tu traje de lámparas, tantas o más de las que luce el árbol artificial que planta el Ayuntamiento en la puerta del Sol por Navidad, también artificial, tanto el árbol como la corporación municipal y su Navidad.

Pero volviendo al temita de las patas de las mesas de los restaurantes de menú del día, cada vez que el camarero me trae la carta es como si me trajera la libreta de bailes. Ya no escojo los platos por el sabor sino que elijo pareja de baile. Y todo ello sin levantar el culo de la silla. Mi pareja favorita es el chuletón. Siempre pido que me lo sirvan poco hecho, así aprovecho la inercia del cojeo de la mesa para facilitar un corte limpio cual cirujano de la clínica Ruber. Al final me he convertido en un Fred Astaire de los menús del día y elijo restaurante en función de cómo cojean sus mesas. Si me apetece marcarme un twist, suelo ir a un restaurante pequeño de mesas diminutas que cojean con el aire que expiras. Los mejores para el pasodoble son los comedores de mesas de roble, que cojean cuando apoyas los dos codos y al levantarlos el vaivén es como un tsunami de cucharas, cuchillos y tenedores. Los vegetarianos los elijo para bailar rock´n´roll de los 60. Ver volar al brócoli por los aires cuando te apoyas en una esquina de la mesa es lo más parecido a Olivia Newton John en una escena de Grease. Le estoy cogiendo tanta afición, que ya no voy a restaurantes a comer sino a bailar, como Alaska y los Pegamoides que se pasaban el día moviendo la pierna, el pie, la tibia y el peroné. Y claro, con tanto baile y sin ingerir alimento alguno he perdido algo de peso y mi envergadura corporal se está reduciendo a la de un tapón. Espero que no acaben usándome para calzar la pata de una mesa que cosas peores se han visto. Qué complicado es todo.

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