VIVAN LOS GORDOS

Estoy cogiendo peso. No es que vaya por la vida con una mancuerna en cada mano o me haya puesto media docena piercings en cada oreja, sino que de 82 kilos he subido a 95, y todo por los canapés que ponen en las mil y una inauguraciones a eventos a las que acudo siempre que me invitan. Da igual que sea la presentación del libro de un autor al que no conozco, una inauguración de una exposición de un artista de quien no sé nada de nada, o la fiesta de presentación del nuevo producto de una marca de cosméticos que no uso ni usaré jamás. Me da igual, si hay catering, allá que voy a llenar mi estómago. Cada semana debo tener entre catorce a quince actos a los que asistir, por lo que casi nunca desayuno ni como para ir haciendo sitio a todo lo que quepa cuando comienzan a sacar bandejas y bandejas repletas de canapés. No es que me moleste mucho verme cada mañana en el espejo de forma apaisada, pero con el aumento paulatino de mi perímetro corporal, comienzo a tener problemas de talla con los pantalones vaqueros. Por más que intento encajar mis carnes entre las costuras no termino por conseguirlo. No me queda más remedio que sustituirlos por el chándal Adidas de hacer footing y que he vuelto a usar, pero no precisamente para salir a hacer footing. Como vienen con una goma elástica, que no te imaginas lo que puede dar de sí, mi “embarazo gastronómico” se nota menos, al menos lo quiero ver así. Ante el espejo vistiendo chándal, cierto es que mi “look” no es muy apetecible, pero como me he negado a salir de casa, no tengo temor a que los niños me confundan con Shrek, ni que los turistas me hagan fotos junto a la valla del zoo donde se indica el terrario de los hipopótamos. Y si encima me pongo camisas hawaianas, no se me nota nada de nada. Pero con la llegada del invierno no es plan de ir por ahí florido y hermoso (lo de hermoso lo digo por el diseño de la camisa, no por como se llamaba antes a los niños regorditos). Finalmente he decidido desengancharme de todas estas actividades sociales y encerrarme en casa, que por otro lado me ahorro un resfriado y ahorro la tortícolis a quien se gira para ver mi barriga protuberante. Únicamente salgo para ir al kiosko a por el periódico por las mañanas y a tirar la basura por las noches. Al kiosko acudo nada más amanecer y bajo la basura nada más anochecer. De este modo sólo me ven el kioskero y el conductor del camión de recogida de basuras. No hablo con ninguno de los dos, ya que el primero acaba de salir de la cama y el segundo está deseando meterse en ella y en esos momentos, como es lógico, nadie tiene ganas de iniciar una conversación.

Estoy pensando en mudarme de piso y buscar un pequeño apartamento que me obligue a desplazarme menos entre la cama de dormitorio y el sofá del salón. Imprescindible que tenga ascensor y a ser posible en la parte alta del barrio, así cuando salga a algún recado puedo bajar rodando y llegar en un periquete. Es lo que tiene la comida que aparte de alimentar, te convierte en un vago de cojones.

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