HACIENDA SOMOS (casi) TODOS

El médico me ha dicho que debo beber más agua, que mi cuerpo necesita líquidos. Y tiene razón en lo que dice. No sé si por ser médico o por la sequedad de mi rostro que al reflejarse en el espejo me devuelve la imagen de un pantano en pleno mes de agosto. No es que me niegue a beber agua, desobediente soy, pero no tanto. La razón es que el agua que sale del grifo de mi cocina es marrón clarito y saliendo así, por muchas ganas que tenga de beber, pues no me da por ahí. Si le pusiera azúcar, pasaría por un café cortado como los que sirve Sebastián en su bar de abajo.

Sed, lo que se dice sed, no tengo casi nunca. Por eso mi relación con el agua dulce no es muy dulce, valga la redundancia. Aunque, si como he dicho, pusiera un par de terrones, sí que lo sería. Y cuando digo terrones, me refiero de azúcar, que para tierra ya tengo bastante con la que sale del grifo. He de reconocer que soy más de sabores amargos, como el del güisqui, por ejemplo. También es líquido, ¿no? Mi médico no está de acuerdo, pero eso es porque él tiene carrera en la Complutense y sabe la diferencia entre líquido, sólido y gaseoso. Yo no tengo carrera, pero puedo confirmar que el J&B es líquido y su consumo con hielo, que es sólido, te eleva en estado gaseoso hasta alturas inauditas. Pero volvamos al tema del agua marrón que sale del grifo. El otro día, tenía una sed de caballo, o mejor dicho de camello, (que son esos animales que también van a cuatro patas, pero capaces de beber doscientos litros de una tacada) y para calmarme, abrí el grifo y el mal educado escupió tal lodazal sobre el fregadero que pude haber plantado un limonero, si hubiera querido. Tendría que haber llamado a un fontanero para que me dijera algo, del mismo modo que fui al médico para que también me dijera algo. La diferencia está en que el fontanero cobra 30 euros la hora más desplazamiento y el médico te lo cubre la Seguridad Social, o sea, como a todos los españoles, entre los que me incluyo, ya que pago mis impuestos en España y no en Andorra o Suiza como esos deportistas que en cada triunfo enarbolan la bandera de España en una mano y el fajo de billetes en la otra y luego declaran a la hacienda de un país extranjero. Porque al final, no eres de donde naces, sino de donde pagas tus impuestos. Con ellos se hacen escuelas, carreteras, bibliotecas o consultorios médicos como en el que trabaja mi médico. Ése que me dice que beba más líquido y al que hago caso cada día entre las ocho de la tarde y las dos de la mañana hasta que Sebastián cierra su bar, quien por cierto, también paga sus impuestos, pero aquí. Todo un triunfo.

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