EL FREGAR SE VA A ACABAR

Hace tres semanas me llamaron para impartir un curso (o un taller como lo llaman ahora) sobre escritura creativa. Dije que sí, pero aún sigo sin saber qué les voy contar a los alumnos. En principio se me ocurrió hablarles de los grandes nombres de la literatura en castellano, pero rechacé la idea. Sería como volver a las clases de BUP, y en esas clases de literatura no se aprendía mucho. Más que nada porque a esa edad las hormonas tenían más significado que las palabras. Y ante ambas, la inteligencia no tiene nada que hacer, sobre todo cuando eres uno de los cinco chicos en una clase con 27 chicas. También se me ha pasado por la cabeza convocar un concurso de relato corto con su premio en metálico y todo, para motivarles y darles razones de peso para tener que aguantarme las tres horas de clase. Pero igualmente he desechado rápidamente la idea al no lograr encontrar un tema de actualidad que proponerles.

El caso es que cada vez me convence más eso de que cada uno escriba una frase encadenando la que ha iniciado otro previamente. La idea no ha sido mía, faltaría más. Se me ocurrió el otro día cuando vi fregar la escalera a mi vecina del quinto. Ella friega su descansillo y el tramo de escalera correspondiente y luego le pasa el mocho a la del cuarto que hace lo propio, y así sucesivamente hasta llegar al portal. Desde un punto de vista político, podría decirse que es la democratización de una comunidad de vecinos llevada a su máxima expresión. Siempre me he considerado una persona justa, tanto conmigo mismo como con los demás y aplaudo esa labor tan políticamente correcta existente en el vecindario para mantener impecable el suelo una vez por semana, y admirable para los tiempos que corren en los que hasta el concejal más mindungui arrampla con parte del presupuesto público siempre que nadie mire, o hace que mira para otro lado.

Cada lunes mi vecina del tercero llama a mi puerta, fregona y cubo en mano para que continúe la ronda. Lamento decir que siempre-siempre-siempre que lo hace, no sé por qué estoy fuera de casa. Llámalo casualidad. Algunas veces en el bar de abajo viendo el partido, otras en la cola del Inem esperando mi turno y la mayoría de las ocasiones pensando en lo qué decir a unos alumnos que se han apuntado a un curso de escritura creativa. Si alguno de ellos estuviera dispuesto a fregar mi descansillo, le aprobaría sin pensarlo dos veces. Y con nota y todo, para ser justos con él y conmigo mismo, por supuesto.

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