LAS CICATRICES DEL AMOR

Mi primer tatuaje fue el regalo de una novia por mi 28 cumpleaños. “Regalo de enamorados”, dijo ella. Por aquellos días, mis oídos escuchaban más lo que decían sus pechos que sus labios y accedí a hacérmelo ya que nunca supe distinguir con exactitud de donde provenía su voz. Con veintitantos, las hormonas son las que dirigen tu mente. Y también algunas partes de tu cuerpo hacia alturas anteriormente desconocidas y que son las causantes de ese tipo de actos de los que te estás arrepintiendo incluso antes de llevarlos a cabo. Total, que me incrustaron el susodicho tatuaje en la piel de mi espalda, donde hay más sitio (eso fue lo que le dije a ella). Así no tendría que verlo todos los días y por consiguiente recordarla en el caso de romperse nuestra relación (esto último no se lo dije, claro). El tatuador era un italiano capaz de manejar con la misma destreza la aguja impregnada de tinta con una mano y liarse un porro de marihuana con la otra. No quise ni imaginar dónde pondría el ojo, aunque si con los porros mostraba tal maestría manual, imagínate lo que no haría con la maestría visual. El lugar de operaciones del “Leonardo Da Vinci” del tatuaje era su propia casa. Un piso ocupa semiamueblado en un edificio semiderruido en una calle semidesierta del barrio de La Latina. Bajo un techo con unas manchas de humedad en las que podían verse las caras de Bélmez y del resto de habitantes de la provincia de Jaén, reinaba como mobiliario una consola de la PlayStation junto a cientos de cajas de videojuegos de todo tipo. Ahora mismo no recuerdo ninguno en concreto, salvo el que estaba puesto en el monitor de televisión: Street Fighter 2. La sangre digital impregnaba de píxeles rojos la totalidad de la pantalla cada tres o cuatro segundos al ritmo de patadas y llaves de kung-fu y al son de una música Hard Core a tal volumen que podía oírse en todas las calles del barrio de La Latina y seguro que hasta en las de Jaén. En mi tierna infancia aún no existían los video juegos. Los niños de barrio imaginábamos nuestras luchas blandiendo espadas de madera sobre caballos de cartón hechos con cajas de fruta y batallando contra guerreros invisibles del medievo y dragones voladores, tal y como leíamos en los cuentos. Ese fue el motivo que sugerí como tema para mi tatuaje, un dragón. Dicho y hecho. En menos de una hora, un dragón alado de tinta volaba atravesando mi espalda de omóplato a omóplato. Mi antigua novia parecía sentirse más orgullosa que yo de la pequeña obra maestra realizada por el “cavalliere” del tatuaje, cuyas manos no paraba de alabar en su manejo del punzón o en su destreza liando porros, ya no me acuerdo. Salí de allí con la piel dolorida y el corazón hecho pedazos. A medida que caminaba, maldecía a cada una de mis hormonas. Despotricaba por haberlas escuchado y blasfemaba contra el tatuador por haberme dejado marcado de por vida con algo más que un dragón alado. Dicen que nos arrepentimos más de lo que no hacemos que de lo que hacemos. Ahora, siempre que veo reflejado en el espejo al pequeño dragón en mi espalda me pregunto cuándo seré capaz de hacer algo atrevido que me haga sentirme orgulloso de arrepentirme.

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