EL AMOR ENGORDA

Tuve una novia que cocinaba como Ferrán Adriá. Y eso que nunca he visitado el Bulli ni probado bocado de ninguna receta estrella del cocinero estrella con más estrellas del universo gastronómico.

Durante los 2920 días que duró nuestra relación amorosa, cada comida del día era un festín. Nada mejor que empezar la mañana ingiriendo mermelada artesanal de Blanka Milfaitová sobre un lecho de mantequilla Echiré en una tostada de pan con semillas de calabaza ligeramente braseada al horno acompañada de un jugo de frambuesas griegas y una taza café Sanani de las montañas occidentales del Yemen. Cuando salía por la puerta camino de la oficina, podía confirmar que el desayuno es la comida más importante del día. Al llegar la hora de comer, era difícil resistirse a unos raviollis de pistacho seguidos de unas empanadillas de nori acompañadas de gambas de Huelva en dos cocciones y un brownie de plátano como postre. La cena era mi momento favorito del día. Cada noche, antes de acabar despanzurrado en el sofá viendo lo que echaran por televisión, había hecho sitio en mi estómago para un risotto de moras y queso blanco, no sin antes degustar unos blinis de yogur y un par de sardinas al sésamo con ensalada de zanahorias baby al aceto balsámico de Módena. Todo muy ligero, como podéis imaginar. Pues así, tres veces al día durante 2920 días. Puedo asegurar que no he comido mejor en mi vida. Ella amaba la cocina y también me amaba a mí. Ponía todo su amor en cada plato que preparaba, y eso se notaba. Al menos, mi paladar lo notaba. El amor era su toque personal, el ingrediente que no aparecía en la receta. Daba gracias al cielo cada día, mejor dicho, tres veces al día porque una mujer como ella se hubiera enamorado de alguien como yo. Fueron años muy felices. Hasta que se dio cuenta que amaba más su cocina que a ella y me abandonó. Lo hizo a su manera, cocinando. Un buen día, al regresar del trabajo encontré una nota en la mesa. Tienes la cena en el horno, decía la nota. Canapé de jamón ibérico y jengibre. Delicioso, pensé. Al primer bocado supe que ya no volvería a verla, ni a probar su cocina. El amor ya no estaba en la receta, ni tampoco en el canapé de jamón ibérico y jengibre. Y si no hay amor en lo que se hace, también se nota. Al menos, mi paladar lo nota, especialmente si es un canapé de jamón ibérico y jengibre.

Han pasado casi ocho años desde que probé aquel canapé. De hecho, no he vuelto a probar ningún canapé, ni tampoco raviollis de pistacho, ni risottos de mora, ni sardinas al sésamo con ensalada de zanahorias baby al aceto balsámico de Módena. Lo que como ahora lo cocino yo mismo y francamente, no le pongo mucho cariño y eso, mi cuerpo lo nota. Por eso peso doce kilos menos y por eso puedo refutar que el amor engorda. Y no es una frase hecha, en mi caso, fue literal. Lo sé por experiencia.

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