EL VALOR DE LA AMISTAD

Un amigo me ha propuesto un reto. Parece que le gusta lo que escribo y le gustaría que escribiera un artículo sobre aquello que no escribo. ¿Y sobre qué te gustaría que escribiera?, pregunté. Qué tal sobre la pelusilla del ombligo, respondió como si tal cosa. ¿Sobre qué?, volví a preguntar alzando las cejas hasta el límite superior de la frente (que en mi caso es infinito porque soy calvo). Sí, hombre, esa pelotilla mezcla de vello, restos de piel muerta y fibras de ropa empastada con sudor corporal que se acumula durante un tiempo en el ombligo hasta que te das cuenta de que está ahí dentro cuando metes el dedo y para deshacerte de ella haces una bolita frotando las yemas del pulgar y el índice, describió mi amigo con pelos y señales (bueno, con más pelos que señales). Un par de minutos después, que fue el tiempo que necesité para darme cuenta de que hablaba completamente en serio, respondí: Escribir un artículo sobre eso no le va a interesar a nadie. Pues a mí me interesa y soy fiel lector de tus artículos, me dijo en tono amenazante como si ser fiel lector de mis artículos implicara estar a su completa disposición para lo que fuera con tal de satisfacerle, como por ejemplo, escribir sobre la pelusilla del ombligo. Otros dos minutos después, que fue el tiempo que volví a necesitar para asumir el chantaje emocional al que estaba siendo sometido por parte de mi amigo lector (en este caso más lector que amigo), dije: En serio, estoy convencido de que escribir un artículo como los que escribo y que trate sobre la pelusilla del ombligo no va hacer que más gente lea mis artículos. Pasaron dos minutos más, que fue el tiempo que necesitó él para ser consciente que jamás escribiría sobre lo que me había pedido escribir, soltó un suspiro que parecía salirle desde lo más profundo de su alma y me soltó a la cara: Entonces lo que buscas siendo escritor es únicamente tener más lectores y no escribir sobre lo que realmente interesa a la gente. Y se fue por donde había venido dejándome a modo de despedida una mirada que me atravesó de parte a parte y la palabra en la boca. Aunque a decir verdad, no tenía ninguna palabra en la boca que aliviara la decepción que le había provocado mi negativa a escribir sobre lo que parecía importante para él.

Han pasado más de cuatro meses desde nuestro último encuentro. Ya no me llama para salir a tomar una cerveza, ni para ir al cine, ni tan siquiera telefonea a casa para saber cómo me va la vida. Tampoco sé si continúa leyendo los artículos que escribo. Por eso, como me cuesta más esfuerzo hacer amigos que lectores, estoy dispuesto a recuperar su amistad escribiendo un artículo sobre algo que sé le interesará: el cerumen de los oídos.

Lo qué hay que hacer por los amigos.

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