TILÍN

El otro día una chica me dio calabazas argumentando que yo no le hacía “tilín”, aunque no sé si se refería al “tilín” de las esquilas de los curas o al “tilín” del cencerro de los corderos. Es evidente que para lograr llevarse a una mujer a la cama tienes que dar la campanada o tener el badajo de una campana, perdón por la expresión. En mi caso, ni una cosa ni la otra. Me considero bastante normalito en todo, y especialmente en lo segundo. Aunque en algún que otro momento de mi vida, sí que he dado la campanada. Como cuando en la boda de un amigo subí al escenario donde actuaba la orquesta y arrebatando el micrófono al cantante solté de buenas a primeras el buen partido que se llevaba el novio a la cama, que todos dábamos buena fe de ello. Eso sí que fue dar la campanada. Desde aquel día no sólo no he vuelto a ser invitado a una boda, sino que viendo mi éxito con el sexo opuesto no creo ni que vaya a la mía. Echando cuentas en mi currículum sentimental, sólo he hecho “tilín” a cuatro mujeres (del modo en el que las mujeres entienden por hacer “tilín”). Que siguiendo echando cuentas sale a un “tilín” cada diez años. Vamos, que a este ritmo me dan las uvas y yo no he pasado ni de los cuartos. Que qué habrá que tener para hacer “tilín” a una mujer, me pregunto yo. Me miro al espejo y salvo el cartón que asoma cada día más, por lo demás creo que estoy de buen ver. Y no sólo lo digo yo, me lo dice hasta mi vecina de enfrente, pero ella no cuenta porque tiene cerca de noventa años y sus cataratas están tan desbordadas como el sentimiento que me desborda cuando veo el ritmo de mi caída capilar.

He probado con todo. Desde tirar de agenda de teléfono llamando a antiguas amigas de facultad, hasta recurrir a agencias matrimoniales. Incluso dos de mis mejores amigos me han conseguido citas a ciegas con compañeras de sus trabajos, pero ni aún así logro hacer “tilín” a ninguna mujer. A mí en cambio, “tilín” me lo hacen todas. Salgo a calle y soy capaz de enamorarme de la conductora del autobús urbano que va al centro de la ciudad antes incluso de haber pasado el abono transporte por el escáner. A ella no me atrevo a decirle nada, no sea que con mis piropos se despiste y acabe por frenar en seco y acabe hincando los dientes en el parabrisas del autobús (yo, no ella).

Como soy tozudo por naturaleza, estoy contemplando la posibilidad de meterme en internet en alguna página de esas de contactos y chatear con algunas chicas a ver si con alguna mentirijilla que otra puedo hacer “tilín” a alguna mujer. Aunque como todo el mundo miente sobre sí mismo en ese tipo de páginas, cuando se descubra el pastel, más que hacer “tilín” haría “tolón”. Eso sí que sería dar otra campanada. Con lo fácil que es todo y qué complicado es el amor.

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