MI PALADAR HIPERDESARROLLADO

Hace dos días, el padre de una de mis mejores amigas falleció de repente. Aprovechando el tiempo de comida asignado en la oficina, he decidido acercarme a su casa y así darle el pésame en persona, a mi amiga claro, con el padre no tenía tanta confianza como para darle el pésame por su propia muerte. Como soy educado por educación y no por naturaleza, he aceptado la invitación de mi amiga para acompañarla en la mesa y compartir con ella lágrimas y de paso un cocido madrileño. Las lágrimas de ella eran recientes, pero el cocido madrileño era congelado y lo había cocinado su difunto padre justo el día antes de irse al otro barrio. Lo supe por el sabor de los garbanzos. Como a estas alturas ustedes ya me conocen, saben que tengo un ojo vago por el que veo más bien poco y probablemente sea por esa razón por la que tengo más desarrollado el paladar y soy capaz de adivinar los ingredientes de una sopa de sobre incluyendo la cantidad de conservantes, edulcorantes, colorantes y todo lo que acabe en “antes”. Este don natural mío es parecido al de los ciegos, que a falta de ver por los dos ojos, ven por otros sentidos como el tacto o el oído. En mi caso, como he dicho, es el paladar, que aunque no sirva para ver, hace visibles otras cosas de la vida. Una vez tuve una novia que cocinaba como los ángeles y en cada plato que preparaba añadía tanto amor que todo lo que comía me sabía a gloria. Una mañana de domingo supe que había dejado de quererme cuando mi paladar detectó que el café del desayuno que ella había preparado con el supuesto amor de siempre, me supo como el que ponen en el Starbucks. Esa misma tarde me abandonó.

Lo malo de tener un paladar hiperdesarrollado es que además de distinguir todos los ingredientes de una receta, también percibe los ingredientes que no están, como el desamor en el caso del café de mi antigua novia o el mal genio en el caso de los garbanzos del cocido preparado por el padre mi amiga.

En la comida con mi amiga, cada cucharada que me llevaba a la boca era un mal trago y no en el sentido figurado de la frase, si no en el literal. Por suerte mi amiga no me reprochó el no haberme terminado mi ración de cocido madrileño, ya que como he dicho, soy educado por educación y he preferido argumentar que “del disgusto tengo el estómago cerrado”.

El día que se entere que tengo el paladar hiperdesarrollado, sé que jamás volverá a invitarme a su casa a comer y menos la comida que haya preparado ella misma. Mala suerte la mía, con lo que me gusta comer.

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