LA BODA DE MI MEJOR AMIGA

Me han invitado a una boda. Pero no a una boda cualquiera, sino a una de esas de postín. Nunca he ido a una boda de postín, lo mío son más las bodas de pitiminí, por lo que no sé ni qué ponerme. Un vecino camarero que trabaja haciendo extras los fines de semana en este tipo de celebraciones me ha recomendado que alquile un esmoquin en una tienda, que es lo que se lleva en las bodas con clase. Como no sé lo que significa la palabra clase en el vestir, le he hecho caso y el caso es que el traje me queda que ni pintado. Aunque para alquilarlo haya tenido que dejar en prenda, además de mis ahorros, un lienzo pintado por Antonio Saura firmado de su puño y letra y que me regalaron en la empresa el día de mi jubilación. Que ya podían haberme regalado un Rolex, digo yo, como suelen hacer todos los bancos cuando un empleado se jubila. Me imagino que a mí me regalaron el lienzo de Antonio Saura porque al director de la sucursal no le combinaban los colores con el tono de la moqueta de su despacho. Lo sacaron de allí y me lo dieron junto al finiquito, el importe de los días de vacaciones sin disfrutar y una palmadita en la espalda. Y estoy convencido de que lo hicieron sin saber quien es Antonio Saura, sin ver que estaba firmado y sin imaginar que podría gustarme tanto como me gusta, pero acertaron. Si me hubieran regalado un Rolex, probablemente lo habría llevado a una casa de subastas o a algún sitio donde dan algo de dinero, ya que el Rolex, a parte de dar la hora, los minutos y los segundos, a mí no me habría dado nada de lo que supone da un Rolex. El caso es que gracias a una obra maestra de Antonio Saura voy a ir hecho un pincel a una boda, que debe ser algo así como la obra maestra del amor. Y hablando de amor, quien se casa es mi mejor amiga. Y lo hace con quien fue mi mejor amigo. Sé que serán felices aunque no coman perdices, no porque no quieran, sino porque ella es vegetariana. Sé que es vegetariana como sé otras mil y una cosas de ella que ella no sabe que sé y que nunca le dije porque nunca fui lo suficientemente valiente para decírselo. Si lo hubiera hecho, seguramente el hombre del altar sería yo, y no el que soy ahora vestido con un esmoquin alquilado gracias a Antonio Saura. Espero no llenarlo de lamparones de tofu, soja, germinados o lo que sea que sirvan en el menú vegetariano que pongan en la cena. En el caso de que lo manche, siempre podré enmarcarlo y decir que perteneció a Jackson Pollock.

Así somos los amantes de la creatividad, que vemos arte por todos lados y no la obra maestra del amor cuando la tenemos ante nuestros ojos. Qué vida esta.

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