VIVA EL ROMANCINISMO

Sí, han leído bien. No se trata de una errata o que el corrector ortográfico del “Word” haya obviado modificar la palabra al castellano. Romancinismo es un palabro que me acabo de inventar, y que seguro otros se han inventado antes, pero como no voy a molestarme en comprobarlo, ni ustedes tampoco, pues así se queda.

Decía que el Romancinismo es la mezcla incoherente de romanticismo y cinismo. Por separado, todos ustedes sabrán lo que significa el romanticismo (no el movimiento cultural y político de finales del XVIII, el otro romanticismo). Y con total seguridad también sabrán lo que es el cinismo (en este caso el “ismo” no define ningún movimiento cultural ni político). Si ya por separado resulta complicado entender que haya habido personas que a lo largo de la historia se han quitado la vida por la causa romántica como Manuel Acuña o Mariano José de Larra (ahora sí que me refiero al movimiento cultural y político de finales del XVIII) y es aún más difícil de entender que triunfen programas televisivos protagonizados por cínicos (aquí no voy a dar nombres y apellidos que me juego una demanda judicial de Tele5), imagínense lo incomprensible que será saber de qué va el Romancinismo.

Siempre supuse que el ser cínico es solazarse con una mala acción delante de alguien ignorando las consecuencias y que gracias a ello se evitaría la tentación de pegarse un tiro entre ceja y ceja o donde mejor te viniera, como hizo Larra. También suponía que el ser romántico te permitía apreciar en toda su magnitud las pequeñas cosas que hacen la vida más bella y que gracias a la posesión de esa virtud el transcurrir de los días convierte el devenir del destino en un lecho de pétalos de flores delicadas…(perdón, perdón, que con tanto romanticismo me estoy poniendo cursi). A lo que iba, que parece ser que para sobrevivir hoy en día, lo que hay que practicar es el Romancinismo. El refranero popular lo llamaría “una de cal y una de arena”, pero como yo me considero un moderno, prefiero practicar el Romancismo que es lo mismo que decirle a tu mejor amigo, al camarada inseparable de la infancia, al colega de juventud, al aliado inseparable, a tu compañero del alma, al mismo que se ha liado con tu mujer que es un auténtico hijo de puta y un cabrón. Pero decírselo desde el respeto, siempre desde el respeto. Si eso no es ser cínico, tampoco es que sea muy romántico que digamos. Ahí lo dejo para que lo vayan pensando.

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