TENEMOS QUE HABLAR

Tenemos que hablar. Eso es lo que me ha soltado mi mujer esta mañana nada más levantarme de la cama. Me lo ha dicho a la cara, aunque más que decírmelo parece que lo ha escupido. Mientras me quitaba las legañas con la ayuda de la yema de los dedos y el agua de escupitajo que significa esa expresión, me ha dado un tembleque que ha provocado un relajamiento de esfínteres que ha desembocado la expulsión de un chorrito de orín procedente de mi tracto urinario. He mojado la entrepierna del pijama, pero ella no se ha dado cuenta. Tenía como la mirada perdida y no es la primera vez que la pierde. Últimamente la pierde con frecuencia, pero nunca había abierto la boca al mismo tiempo y menos para decirme “tenemos que hablar”. Esta mañana lo ha hecho y de ella han salido esas tres palabras que hacen temblar a todo hombre. Hablar de qué, he preguntado yo. De lo nuestro, ha contestado ella. Qué es lo nuestro, he vuelto a preguntar, pero ella no ha contestado, sólo ha metido el rostro entre sus manos y ha comenzado a sollozar. Qué te ocurre, qué te pasa, he preguntado insistentemente. No eres tú, soy yo, ha respondido ella. Y quién eres tú, he vuelto a preguntar. Por eso tenemos que hablar, ha dicho ella. Tenemos que hablar de quién soy yo, ha dicho de nuevo. Pero si no sé quién eres, cómo vamos a hablar de ti, he dicho separando las manos de su rostro y tomándolas entre las mías con dulzura. Necesito saber si tú sabes quien soy, porque si tú lo sabes, lo nuestro tendrá salvación y si no es así, nuestra relación estará perdida del mismo modo que lo estamos nosotros al no saber quién es quién, me ha dicho ella mirándome fijamente a los ojos. Yo seré quien tú quieras que sea, he respondido esquivando su mirada. Seré tu amante, tu amigo, tu compañero y fiel esposo, he vuelto a decir al tiempo que la tomaba entre mis brazos para silenciar el sofoco de su angustia. Pero no quiero que seas quien yo quiero que seas, quiero que seas tú mismo, ha respondido ella entre hipidos. Ser yo mismo significaría que tú existes y reconocer que tú existes sería engañarme a mí mismo, y eso no es saludable para nuestra relación, lo entiendes, ¿verdad?, he preguntado devolviéndole la mirada que ella me regaló antes de romper a llorar de nuevo entre mis brazos. Entonces, esto es una despedida en toda regla, ¿no?, ha dicho ella secándose las lágrimas con el dorso de los dedos de su mano derecha. Sí, creo que sí. Es una despedida definitiva, he dicho dando un paso atrás. Ha sido tan hermoso, ha dicho ella. Mucho, muy hermoso, he respondido yo mientras veía vaciarse el espacio que antes ocupaba su cuerpo en el centro de la habitación dejando todo nuevamente en silencio.

Ahora tendré que inventarme otro personaje para dar forma a otro artículo. Está claro que el que había pensado no tenía mucho que decir, por eso he decidido hablar con él, o ella conmigo y hacerla decir lo que todo hombre nunca quiere oír. No hay nada como decirle a alguien “tenemos que hablar” para dejar de hacerlo para siempre, aunque ese alguien sea un personaje inventado para escribir un artículo como este.

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