ESTOY ENAMORADO

Estoy enamorado. Otra vez. Y con ésta ya van cuatro (sin contar las veces que no fui correspondido, que de hacerlo, superarían las 300). A mi edad, puede que cuatro veces parezca poco o mucho, según se mire. Porque a medida que pasan los años, hallar la media naranja resulta complejo, más que nada porque cuando por fin das con ella, casi siempre está exprimida o apenas queda jugo que sacarle. Por lo que se puede afirmar sin temor a equivocarse que a mayor edad, menores son las posibilidades de encontrar media fruta cítrica que llevarse a la boca, aunque sea medio limón. Una vez superada la edad del pavo, la búsqueda de la media naranja se convierte en prioridad absoluta por encima de la búsqueda de empleo o de una vivienda con orientación sur-suroeste, que según dicen en las inmobiliarias es la mejor orientación para tener un techo que cobije las emociones. Pero como decía Rubén Blades, “la vida te da sorpresas-sorpresas te da la vida” y a mí la vida me ha sorprendido con media naranja que no sólo sacia la sed que provoca el amor, sino que además tiene tanto jugo que compensa el desgaste vitamínico que conlleva el ejercicio físico que implica hacerlo. Por lo que estoy convencido de que se trata de un amor de cultivo cien por cien ecológico y no de esos que crece ficticiamente a base de sustancias químicas perjudiciales para el medio ambiente y el orgasmo (perdón, quería decir el organismo).

Algunos de ustedes se alegrarán por mí, otros en cambio, no. Es lo que tiene el amor, que cuando se siente genera empatía y cuando no, provoca envidia. Y la envidia es, precisamente uno de los siete pecados capitales que hacen que el amor no llame a la puerta cuando Cupido, disfrazado de frutero, pone en tu mano media naranja para que la cojas y la ingieras a tu gusto, ya sea en gajos o en forma de zumo.

Si eres creyente y te enamoras sólo puedes darle gracias al Dios de tu religión por haber creado a una persona en el mundo que te ame tal y como eres. Y si no tienes Dios a quien darle las gracias, dáselas a la vida, porque desde el instante en el que te enamoras sabrás que lo que la da sentido tiene nombre y apellidos. Pero tanto si tienes Dios como si no, o si estás enamorado como si no, escucha de vez en cuando alguna canción de Rubén Blades y échate un bailecito. Por lo visto, hacerlo alegra el alma y espanta los pecados capitales, especialmente la envidia.

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