CELÍACOS DEL AMOR

Ayer mismo un buen amigo me dijo que había dejado de leer lo que escribo y publico diariamente en este blog. Por qué has dejado de leerme, pregunté al instante entre sorprendido e intrigado. Por lo pasteloso que te has vuelto, respondió él de inmediato. Al principio no supe a lo que se refería empleando el término pasteloso, porque en el diccionario actualizado de la Real Academia Española de la Lengua no aparece. Pero pronto me lo explicó él en cuatro palabras: siempre hablando de amor, apostilló en tono desdeñoso para definir su concepción del adjetivo “pasteloso”. Hasta ahora no me había percatado de la omnipresencia del tema amoroso en los textos que redacto, pero el bueno de mi amigo que resulta más observador de lo que aparenta, sí que lo ha notado y da la impresión de que su baja tolerancia a la dulzura le ha provocado una indigestión. Hemos de reconocer que no todos tenemos el mismo estómago para digerir los ingredientes de algunos alimentos, aunque haya alimentos que sirvan más para alimentar al alma que al cuerpo. Por ejemplo, los celíacos no soportan el gluten de una barra de pan del mismo modo que a mi amigo se le atraviesa el tono melifluo de mis artículos cada vez que lee uno de ellos. Para mantener la amistad que nos une desde hace años y sortear el riesgo que supone perder un amigo (que no se puede decir que abunden hoy en día) le he prometido abordar otros asuntos en los próximos textos que escriba. Entre ellos estoy barajando temas tan importantes y trascendentales para la humanidad como el efecto invernadero en los invernaderos o las causas de la caída del bello capilar de la población nórdica en época estival. Como pueden apreciar, temas de excepcional relevancia en la vida cotidiana de los lectores/as de mis artículos (apréciese el tono irónico implícito de la frase). Parece que la promesa ha surtido efecto porque me ha enviado por Seur un jamón pata negra marca Cinco Jotas como muestra de agradecimiento por atender a sus plegarias. Lo malo es que nunca he sido muy religioso, más bien todo lo contrario y por eso pecar de mentiroso de palabra y obra no me supone un dilema moral, ya que al no creer en el cielo tampoco creo en el infierno, lugar en el que acaban los mentirosos como yo. Así que al final me he quedado con el jamón pata negra marca Cinco Jotas y volveré a escribir otro artículo que hable de amor. Porque amor es lo que me sobra, incluso para regalárselo a amigos que dejan de leer mis artículos y que a pesar de ello jamás dejarán de lado su amistad por mí.

POSTDATA: Gracias amigo por el jamón. La próxima vez, adjunta también una buena botella de vino que sé que para eso tienes buen olfato. Te quiere, tu amigo del alma.

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