PONER EL CULO

En uno de sus famosos sermones en el monte, Jesucristo recomendó poner la otra mejilla. “No resistan al que es inicuo, antes bien, al que te dé una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”. Como no creo en Dios, soy más de poner la oreja antes que poner la otra mejilla y en lugar de hacerlo en el monte, suelo hacerlo cuando viajo en Metro. El otro día, puse la oreja en una conversación que mantenían dos ancianos. Uno le decía al otro: “Va un hombre al psiquiatra y le dice, doctor, tengo un amigo que se cree que es una gallina. El psiquiatra le contesta, tráigamelo un día y veré qué puedo hacer. El hombre responde, no puedo, necesito los huevos”. Solté una carcajada que hizo torcer la cabeza a medio vagón e hizo bajarse a los dos ancianos que continuaron su conversación en el andén mientras me miraban fijamente con los ojos desorbitados, como si estuviera loco y también necesitara un psiquiatra. Hasta hoy, no he necesitado psiquiatra del mismo modo que tampoco he necesitado a Dios. Me conformo con ir en metro y poner la oreja. Es mi terapia diaria, y les juro por lo más sagrado, que funciona, y eso que como he dicho no creo en Dios. Pero han de creerme, realmente funciona. Basta con subir en la estación de Estrecho para que el espíritu se ensanche por el camino hasta terminar en Esperanza que es donde bajo viendo el mundo de color de rosa. Y todo por el módico precio de un euro con cincuenta céntimos que es la tarifa del billete sencillo en Zona A. Comparado con lo que cobra un psiquiatra o lo que se llevan los representantes de Dios en la tierra por tratar a sus pacientes cristianos, es un chollazo oiga. En el fondo, desde que venimos al mundo, buscamos sobrevivir a los hachazos que nos da la vida día sí y día también en forma de desprecio, indiferencia, desdén, arrogancia, burla, rencor u odio. Los hay que obligados por su religión ponen la otra mejilla como también los hay que ponen el culo para poder llegar a fin de mes. Todo por sobrevivir en este mundo de locos. Yo, en cambio, prefiero poner la oreja y regalar a mis oídos chistes, anécdotas y comentarios salidos de tono que a su vez salen de boca de personas anónimas que se cruzan en mi camino, a veces entre Colombia y República Argentina y otras entre Ibiza y Oporto. Es lo bueno que tiene viajar en el Metro de Madrid, que puedes transportarte entre países latinoamericanos y llegar a ciudades europeas sin salir a la superficie en ningún momento ni llevar pasaporte encima. Para quienes no tenemos dinero para vacaciones y menos para consultas psiquiátricas, recomiendo adentrarse en las entrañas de la capital de España, abrir bien las orejas y atender conversaciones ajenas. No se ven monumentos ni ruinas ancestrales, pero hay tanto talento humano bajo tierra que bien valdría levantarles un monumento.

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