MI LETRA FAVORITA

Aunque vivamos hasta los cien años (que algunos ya lo hacen), siempre seremos nuevos en algo. Deberíamos llevar una letra “L” tal y como llevan los conductores novatos en la luna trasera del coche para avisar a los conductores experimentados de que ellos aún no lo son. Un cartelito con la letra “L” colgada al cuello indicaría que somos aprendices, que estamos en proceso de instrucción, que estamos en la fase en la que la experiencia aún no existe y, por lo tanto, si no existe no condiciona nuestro comportamiento, ni la actitud, ni es garantía de nada, porque en esta vida, las garantías no existen (salvo si eres un electrodoméstico Fagor que viene con 5 años de garantía de serie). A pesar de mi avanzada edad, cada día ejerzo el derecho a aprender algo nuevo cada día, o lo que es lo mismo, voy por la vida con un letra “L” dibujada en la frente. Y no lo hago para avisar al resto de ciudadanos de que soy un novato, sino para recordarme a mí mismo que ser aprendiz de todo es más enriquecedor que ser maestro de nada. Por mucho que se crea saber de algo, siempre hay algo nuevo que aprender, como en el amor, por ejemplo. No me considero un amante experto en esas lides, por eso prefiero llevar mi “L” encima cada vez que se me ocurre salir a ligar. Lo malo es que el tamaño de la letra “L” que porto orgulloso no es bien vista por el sexo opuesto. Supongo que verán en mí al bisoño que soy y giran ciento ochenta grados en cuanto me acerco. También supongo que lo hacen porque pretenden hallar a quien les enseñe lo que pocos saben y muchos presumen, que son el perfil más común entre los que también salen a ligar, aunque su “L” no sea tan visible como la mía. A diferencia de los españoles, que tenemos imagen de saber más de lo que realmente sabemos y creemos que lo sabemos todo en las artes amatorias, son los anglosajones quienes en este asunto (también) nos dan cien mil vueltas. Ellos llevan la “L” porque es la letra con la que empieza el aprendizaje que ellos definen como learning y que curiosamente también es la misma letra con la que comienza la palabra amor: love. Por eso, si un día me ven por la calle con una “L” colgada al cuello puede que esté aprendiendo a amar o puede que esté amando todo lo que aprendo a hacer, que con frecuencia sirve para hacer la vida mejor e incluso también para amortiguar el impacto que supone ser rechazado por el sexo opuesto. De todo se aprende.

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