JUVENTUD, DIVINO TESORO

De niño era mayor que los demás niños. No es que les sacara una cabeza a todos ellos o hubiera “tripitido” curso, simplemente es que tenía más años, o había nacido antes, según se mire. En aquella época, todos disimulaban y delante de mí nadie confesaba lo que era evidente. Por deferencia, yo también aparentaba no darme cuenta de que ellos fingían, por eso siempre conservé un montón de amigos, a pesar de doblarles la edad. Con el paso del tiempo y a medida que iba creciendo, mantuve la sana costumbre de rodearme de personas mucho más jóvenes. Cuando llegué al instituto, mis amigos aún cursaban la E.G.B. (si tienes más de 40 sabrás lo que significan las letras E, G y B). En la facultad, me rodeé de estudiantes de B.U.P. (ídem de las siglas E.G.B.) y cuando comencé a ganarme la vida como directivo de una gran corporación, únicamente contraté a becarios. Mi empresa fue premiada por no sé qué prestigiosa publicación económica por ser la única en ofrecer oportunidades a los más jóvenes y en más de una ocasión fui galardonado por ello. Aunque nunca nadie supo que el verdadero motivo por el cual contrataba a becarios, no era para dar oportunidades a los principiantes sino porque desde joven no iba con jóvenes, sino con adolescentes y de adulto con jóvenes. Es que de la gente de tu misma edad se aprende poco o nada. Cuando se respira el mismo aire, los pulmones ejercen la función de mantenerte vivo, pero el cerebro no termina por oxigenarse del todo. Estoy convencido de que es un tema de energía. La energía que proporciona la juventud, con esa vitalidad, ese desconocimiento del peligro, ese sin sentido por la desvergüenza, ese ímpetu innato por devorar la vida a bocados a cada instante y que el paso de los años relega a un segundo plano en favor de los compromisos y normas sociales… todo eso, no tiene precio. Relacionarse con personas de menor edad te hace inmortal porque ellos proporcionan el futuro que puedes disfrutar en el presente. Los sabios abuelos saben de lo que hablo. Nada más hay que verles rodeados de sus nietos en el parque para ser consciente de la realidad que les abruma. Si es que hasta adquieren sus propias costumbres, desde cagarse en los pañales hasta desvelarse a media noche.

La humanidad lleva siglos buscando el elixir de la eterna juventud y lo tenemos cada día antes nuestros propios ojos. Basta con hacerse miembro de una pandilla de chavales para darse cuenta de que el secreto de ser joven es simplemente estar con jóvenes. Yo lo llevo haciendo desde 1930 y ahora, a mis 85 años, sigo teniendo muchos más amigos que la mayoría de ancianos de mi generación, que a su edad se encuentran solos o criando malvas, que para el caso es lo mismo.

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