EL SÍNDROME DE DIÓGENES

Convivimos con basura desde que nacemos hasta que morimos que es cuando, en cierto modo, también nos convertimos en ella. Hacia la muerte nos dirigimos cargados con el equipaje acumulado a lo largo de nuestra existencia, ya sea en objetos con forma de recuerdo o en recuerdos con forma de objeto. El síndrome de Diógenes nos persigue desde la cuna hasta la tumba. De hecho, cada vez que abren un ataúd para trasladar los restos de un difunto a otro emplazamiento, los enterradores que en ese momento ejercen de desenterradores, descubren para asombro de todos (menos del difunto, claro) que el cadáver o lo que queda de él, está flanqueado por todo tipo de objetos que le acompañaron en vida. Eso ya no es síndrome de Diógenes, es lo siguiente. Irte a la tumba con la basura que has ido acumulando durante años puede que parezca romántico, pero tiene más de enfermizo que de estar en su sano juicio, aunque si ya estás muerto, muy sano no estás, eso es evidente. Trofeos de campeonatos de mus, instrumentos musicales, fotografías enmarcadas, figuritas de porcelana, botellas de güisqui llenas, en fin, objetos de toda índole y naturaleza permanecen junto a sus dueños, no solamente en este mundo sino en el del más allá. Todo lo que estaba antes bajo el techo de un hogar puede seguir acompañando al muerto, pero en esta ocasión bajo un techo de madera de pino cubierto por un cielo de tierra en lugar de un cielo de nubes. Así están quedando nuestros cementerios, más llenos de cosas inservibles que esos bazares chinos que abundan en las calles del barrio de Usera. Estoy convencido de que muchas de las cosas que se venden en esos locales proceden de los cementerios. ¿De dónde se creen que sacan tantas flores de plástico? Pues son las que hay encima de las lápidas de los cementerios. Las reciclan para darles una segunda vida, y nunca mejor dicho. El otro día necesitaba un sacacorchos para una cena que tenía en casa y como el cementerio me pilla más cerca que el bazar chino del barrio, me pasé por allí y junto al sacacorchos que encontré en un nicho entreabierto, me traje dos raquetas de tenis firmadas por Boris Becker y John McEnroe. Para que luego digan que el Diógenes no sirve para nada. Qué raros somos algunos humanos.

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