EL FUTURO IMPERFECTO DE LAS TECNOLOGÍAS

Creo que voy a bajarme de este mundo. Va muy deprisa para mí. No sé quien estará al volante, pero deberían decirle que levantara el pie del acelerador. Con tanta alta tecnología de última generación soy yo quien se siente cada vez más bajito y más primerizo en todo. Internet, por ejemplo. Vaya lío. Te metes a buscar en la página web de Renfe los horarios de trenes a Albacete y acabas sin querer leyendo los comentarios de un foro sobre usuarios descontentos con el servicio. Y me he sumado a las críticas, claro. Tantas irregularidades juntas hacen que todo sea regulín-regulán. Y luego está el Facebook. Una de las redes sociales con más amigos del mundo. Amigos que no conoces salvo por esa fotillo tamaño DNI de liliputiense que aparece junto a lo que parece ser su nombre. Te registras y recibes más de cien solicitudes de amigos, así de sopetón. Si en más de cuarenta años de vida he conseguido sólo tres o cuatro amigos de verdad, en menos de un minuto he llegado a contabilizar hasta quinientos. Cuanto menos, sospechoso. Lo único que sabes de ellos es lo que aparece en su perfil. A saber: fecha de nacimiento (de dudosa credibilidad), aficiones (de dudosa probabilidad) y estudios (de dudosa justificación). Dejaré para otro momento la tipología de comentarios, frases y otros temas de los que se habla en Facebook ya que daría para escribir una novela de arte y ensayo. Sigo con más ejemplos de alta tecnología: el móvil. Antes la gente te llamaba a casa porque era dónde estabas (no he querido decir al trabajo, porque ya casi nadie lo tiene y temo que más de uno deje de leer llegados a este punto), pero ahora, es a ti a quien llaman, o a tu bolsillo, mejor dicho. Y lo digo en dos sentidos. Primero porque es en tu bolsillo donde guardas el móvil y en segundo lugar porque es allí donde la compañía telefónica te agujerea. Que más que una empresa de telefonía parece la Repsol, haciendo prospecciones en los bolsillos de los ciudadanos y extrayendo de lo más profundo sus recursos naturales, o sea, tu dinero. Otro ejemplo más: el iPod. Tres mil cuatrocientas cincuenta y nueve canciones tiene el mío. Que en tiempo suman 10,7 días. Es decir, semana y media escuchando canción tras canción, sin dormir y sin repetir ni una. Excepto cuando pones la opción aleatorio, que como tengas una canción que estés harto de oír vuelve a salirte, la ley de Murphy en estado puro. Y el último ejemplo, la TDT. Que para qué quiero yo ocho canales de teletienda y seis más del horóscopo, el tarot o los posos del café, digo yo. Y encima nunca pillas ninguna película desde el principio. Todo el rato zapeando con el mando en la mano como si tuvieras Parkinson en el dedo gordo de la mano derecha (en mi caso en la izquierda ya que soy zurdo desde que sé que con esa mano se agarra todo mejor).

En fin, que con tanto aparatito y tanto avance multimedia he decidido apretar el botón de “parada solicitada” para bajarme del mundo. Espero que después haya algún taxi libre que pueda llevarme a donde quiero llegar. Aunque tal y como están las cosas, seguro que me encuentro una huelga de taxistas reclamando GPS de serie en toda su flota y al final me toca ir andando. Espero llegar a tiempo al presente del que nunca debí bajarme.

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