EL INTERCAMBIO

Mi mujer y yo, tras meditarlo mucho, acordamos hacer un intercambio de parejas. Dicen que es lo mejor para el matrimonio, especialmente cuando llevas más de siete años de casado y el fuego de la pasión se ha reducido a un puñado de rescoldos que ni los vientos alisios de Bali puede revivir. Es algo que recomiendan muchos consejeros matrimoniales y con especial ahínco quienes lo han practicado en más de una ocasión. Hemos de reconocer que hay que tener las mentes muy abiertas para decidirse a hacerlo, y también abiertas algo más que las mentes. Los mejores amigos que tenemos mi mujer y yo, otra pareja con quienes solemos salir por la noche a cenar y en verano a veranear, lo ponen en práctica regularmente y da la impresión de que se aman como el primer día, por lo que parece que el asunto del intercambio funciona. Aunque para ser honesto, creo que a ella le funciona más que a él a juzgar por la sonrisa que luce siempre. “Si hasta parece más joven y todo”, no deja de restregarme por la cara mi mujer cada vez que sale el tema a colación. Lo del intercambio de parejas, no es otra cosa que intercambio de sexo, no de pareja de baile como las mentes bien pensantes creen. Tú practicas sexo por tu lado (con otra persona) y tu mujer también (con otra persona que no es la misma con la que lo vas a hacer tú, se entiende). La última vez que hice un intercambio fue a la edad de quince años y fue cuando mis padres me enviaron a Dublín a casa de unos padres que no eran los míos, con unos hermanos que no eran los míos para aprender un idioma que no era el mío, concretamente el inglés. Regresé a los tres meses dejando allí a mis padres postizos, a los apéndices de mis hermanos y a mis padres biológicos con trescientas mil pesetas menos en su cuenta corriente, y encima sin haber aprendido más inglés que el que ya sabía antes de partir. Por lo que el balance de la experiencia del concepto de intercambio, no es que fuera muy satisfactoria que digamos, ni para mí ni para los ahorros de mis padres. Y de nuevo, veinticinco años después, me veo envuelto en una encerrona similar, pero esta vez sin la necesidad de viajar a Dublín para mejorar el don de lenguas.

Una vez aclaradas las condiciones de la transacción carnal, mi mujer ha elegido a un señor maduro. Siempre le han atraído los hombres mayores que ella, por lo que podríamos afirmar que está afectada por el complejo de Eurípides, o Edipo o como se llame el griego ése. Sus novios del instituto fueron universitarios, sus novios universitarios fueron profesores y su marido, o sea yo, no sabe a día de hoy ni quien es ella. Imaginar a un hombre maduro con la experiencia que dan los años de maduro haciéndole en la cama lo que habitualmente no suelo hacerle a ella, no es que me haga mucha gracia, la verdad, pero un trato es un trato y yo para eso soy muy respetuoso que para eso he sido educado un colegio de pago. El caso es que mi mujer sigue de intercambio un año después de nuestro trato y yo aún no he encontrado la pareja que quiera intercambiarse conmigo. Es lo que tienen los tratos que siempre hay una parte que sale perdiendo.

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