REÍR POR NO LLORAR

Soy de risa fácil. Tanto que cuando mi sobrino de ocho años me contó el otro día el chiste del perro “Mistetas”, me reí como si fuera la primera vez que lo escuchaba, o sea, cuando yo también tenía ocho años. Me río de todo, por todo, con todo, ante todo…en fin, pon cualquier preposición delante que me parto de risa igualmente (iba a poner me parto el culo de risa, pero lo he tachado para que no me tachen a su vez a mí de mal hablado). Dicen que está feo reírse de la gente, pero los hay que se lo merecen. Si no se lo creen, miren al expresidente de cuyo nombre no quiero acordarme (o a su venerable esposa) hablando en inglés, bueno, en lo que ellos creen que es inglés, claro. Quien no se descojone escuchándoles, o es de su partido, o no tiene sentido del humor, que para el caso es lo mismo. Con este innato humor desbordante que tengo de nacimiento, valga la redundancia (o la “rebuznancia” como decían el dúo Gomaespuma), podría afirmarse que soy la persona más feliz del planeta, pero no se equivoquen. Hay ocasiones en las que me río por no llorar. Podría mencionar algunos ejemplos, pero no es plan de amargarles la lectura de este texto cuyo único objetivo es hacerles sonreír si son de risa fácil y no militan en el partido del expresidente de cuyo nombre sigo sin querer acordarme.

Mis mejores amigos están convencidos que con este don que poseo podría seguir la estela de Miguel Gila y que me haría millonario, pero no sé si refieren exactamente a su faceta humorística o al hecho de que está muerto, y esto último francamente no me haría muy rico, rico, rico como dice el cocinero Karlos Arguiñano, otro con el que también me parto de risa cada vez que lo veo en Telecinco (iba a hacer una rima de esas que hacer reír, pero mejor me callo no sea que alguno de ustedes se ofenda). Tras valorar mis cualidades y definir mi perfil laboral, finalmente me he decantado por ganarme la vida como un funcionario más de la Comunidad de Madrid, de esos que le reían las gracias a su señora expresidenta de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, porque como me acuerde seguro que me da la risa floja y me despiden. Y no estoy como para perder un puesto de trabajo en un mundo en el que ya nada hace gracia a nadie y menos a mí, y mira que soy de risa fácil.

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