MALDITOS LIBROS

Dicen que los libros te cambian la vida. Al menos eso siempre nos han dicho en el colegio, también en el instituto, en la facultad, incluso la crítica lo dice siempre que sale uno nuevo de Paolo Coelho: “Este libro te cambiará la vida”. Tengo en casa uno de esos libros que me regalaron hace tiempo y que aún no he podido abrir, precisamente por eso, por falta de tiempo. Está sobre la mesa del salón. Perfectamente precintado. Con su retractilado aprisionándole en toda su extensión que no va más allá de los 30 centímetros cuadrados. Impidiéndole el oxígeno que todo libro que se precie debe tener y por qué no, proporcionar a quien lo lea. Siempre que regreso de la oficina, tras besar a mi mujer, quitarme el abrigo, ponerme las zapatillas de felpa y apoltronarme en el sofá con el mando a distancia en la mano derecha, flirteamos él y yo en la intimidad del salón. Él me mira desde su esquina predilecta de la mesa invitándome a una relación táctil basada en la castidad y el deleite visual. Yo por mi parte rechazo la oferta, más por miedo a ser descubierto por mi celosa mujer que por inapetencia carnal. En algunas ocasiones, bajo los efectos de una copa de coñac o de güisqui, dependiendo de lo duro que haya sido el día en la oficina, he tenido la tentación de rasgar su delicada vestidura transparente y dejarme llevar por las bajas pasiones que suelen guiar los actos más impuros jamás cometidos. Pero siempre he sabido controlar a tiempo mis emociones para evitar consecuencias emocionalmente catastróficas, y el acto del coqueteo no debe sembrar dudas sobre mi impoluta conducta forjada a base de una educación rígida y disciplinada. Algunos días de primavera, cuando los primeros rayos de sol se cuelan por las rendijas de la persiana, la superficie plástica que le recubre centellea más de lo habitual y adquiere la brillantez propia de un cáliz que invita a beber de su interior. Me veo entonces a mí mismo, cual Indiana Jones, tomando entre mis manos el tomo ilustrado y levantándolo en volandas descubriendo para siempre el secreto del grial de la sabiduría y la vida eternas. Pero como a quien le gusta Harrison Ford es a mi mujer, la imagen desaparece al instante como los mensajes de Misión Imposible que se autodestruían en 4, 3, 2…cero segundos.

Por suerte, la vida está llena de sorpresas y esta misma noche tengo una cena a la que a mí no me han invitado, pero sí a mi mujer. Y como consorte, debo estar presente colgado de su brazo cuando hagamos acto de presencia en el casuplón con vistas a la sierra que me veo obligado visitar. Los cánones ordenan que sea de buena educación agasajar al anfitrión con un pequeño detalle, como por ejemplo, una botella de vino. Pero como hasta yo mismo me asombro de mi paladar de hormigón armado en lo que se refiere a caldos extraídos de la uva, he considerado que el libro que me regalaron es la opción más adecuada para regalar nuevamente. No es de buen gusto regalar a su vez un presente que te han regalado a ti, pero cuando la necesidad supera con creces al criterio del mal gusto, que es más o menos el mío, he decidido pasarme por el forro el procolo y ahora mismo voy conduciendo carretera de la sierra con mi mujer de copiloto y el susodicho objeto de regalo en el asiento de atrás. Me da un poco de miedo que mi mujer se dé cuenta de mi jugada. El libro ha estado sobre la mesa más de tres meses cogiendo el polvo que religiosamente quitaba cada semana la chica de la limpieza, y por eso lo he metido en una caja alargada y bien envuelto en papel de regalo, claramente para disimular. Ya me encargaré yo de dárselo al señor anfitrión en el momento adecuado en el que mi mujer mire hacia otro lado. En eso sí soy un especialista. Cuando mi mujer vuelve la cabeza es cuando suelo hacer mejor las cosas. Así decidimos el tamaño de la pantalla de plasma, la tapicería del sofá de tres plazas o el apartamento de verano en la costa de Castellón, mientras ella miraba hacia otro lado. Así fue también como se fijó en mí, mirando hacia otro lado. Y ahora que lo pienso, si miraba hacia otro lado ¿de qué huía su mirada? Y pensándolo aún mejor ¿de quién? Y pensándolo aún más y aún mejor ¿No estaba por aquel entonces de la mano del anfitrión que ahora tiene un casuplón con vistas a la sierra?

No ha pasado mucho de aquella ocasión en la que mi mujer y yo nos vimos por primera vez, apenas tres años. Tres años en los que ha decir verdad, tampoco han ocurrido muchas cosas. Por no pasar, no ha pasado nada de nada. Mismo trabajo, misma casa, mismo coche…y misma mirada. Exactamente la misma que ahora huye de mí y se gira buscando a otro. Malditos libros, incluso estando cerrados acaban jodiéndote la vida.

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