LAS REBAJAS

Era muy difícil que lo mío con mi mujer funcionara. De ahora en adelante me referiré a ella como “ex”, que es el nombre que da el 50% de una pareja al otro 50% cuando se decide romper, ya sea por mutuo acuerdo o por decisión imparcial, como fue mi caso. Como si llamarla “ex” nos causara menos dolor que mencionar su nombre de pila, o el apodo con el cual solíamos definirla cariñosamente empleando cursiladas como “Cari”, “Churri” o “Fresita”. A mí no es que me produzca dolor pronunciar su nombre, pero evitarlo me ahorra una demanda de padre y muy señor mío por si le diera por denunciarme al leer este artículo (ya sabéis lo despechadas que son algunas mujeres por unos cuernos de nada). El caso es que lo nuestro fue imposible desde el principio, pero nosotros, los hombres muy hombres no nos damos cuenta hasta que vamos a las rebajas acompañándolas a ellas, tal y como me ocurrió a mí con mi “ex”.

Aquel mes de Enero teníamos una cena de gala en la embajada, por lo que aprovechamos la ocasión para salir a renovar vestuario. En cuarto de hora yo ya tenía traje nuevo, comprado en la tienda de siempre, al tendero de siempre y al que siempre que voy, me hace descuento aunque sea Julio, Septiembre o Agosto. Pero ella tenía que pasarse por las dichosas rebajas. Entrar en el mes de Enero en el H&M de la Gran Vía es como vivir en vivo, valga la redundancia, un documental de La 2. Concretamente ése en el que una manada incontable de ñus se abalanza sin sentido alguno a un río infestado de cocodrilos y sin saber que hay cocodrilos, claro. Los primeros no pueden evitar saltar al agua para llegar a la otra orilla y los segundos tampoco pueden evitar hincarles el diente. La diferencia con el H&M de Gran Vía es que allí no sabes quién es ñu y quién cocodrilo. Por mi parte, ejercía de reportero de National Geographic, registrando cada uno de los movimientos de mi “ex” quien a su vez, ejercía de “cocodrila” con el resto de mujeres en la sección de lencería. Al llegar a casa, con un arsenal formado un por cinco suéteres (en realidad uno sólo, pero de cinco colores distintos), ocho camisetas (en realidad una sola pero de ocho colores distintos) y doce bragas (de verdad, doce bragas y además del mismo color), se pasó toda la tarde quitando las etiquetas una por una. Yo aún seguía registrando sus movimientos cual Félix Rodríguez de la Fuente, evitando ser visto, no sea que en un despiste me adentellara también a mí como acababa de hacer con la VISA oro. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo nuestro no llegaría a ningún sitio. Al preguntarle por qué tenía esa manía de quitar las etiquetas a todo, mi “ex” me dijo que no soportaba llevar etiquetas encima.

Esa misma noche en la cena de gala, la puse los cuernos con una joven camarera que servía el champán. La chiquilla me susurró al oído que estaba guapísimo con mi nuevo traje de etiqueta y claro, me rendí a sus encantos de mujer joven, como uno de esos ñus que cruzan el río para llegar al otro lado. ¡Me cago en las rebajas!

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