LA CARTERA

Hoy me he encontrado una cartera tirada en medio de la acera. Es algo que no ocurre todos los días, pero cuando ocurre, la vida puede cambiarte para siempre, tanto si decides cogerla como si no. Era una cartera de piel, o sea, de las buenas. De aspecto abultado, redondeada por las esquinas y de un color oscuro, entre negro y azabache (no se pregunten cómo puedo diferenciar la sutil disimilitud existente entre el tono negro y el azabache, pero lo sé). Por las dos iniciales bordadas en hilo dorado en una de sus esquinas, deduje al primer golpe de vista que su propietario seguramente tendría una pinta parecida, es decir, abultado, redondeado y con las dos iniciales de su nombre y apellidos tatuadas en todo aquello que posea, desde las camisas de fino algodón egipcio y cuello duro hasta los gemelos de marfil y plata, pasando por las corbatas de Hermés y su respectivo alfiler sujeta corbartas de alabastro recubierto de una fina capa de oro, e incluyendo la posesión de su mujer, por supuesto. Por la grosor del abultamiento de la cartera he supuesto que, aparte de llevar el bonometro y el DNI, que es lo único que llevo yo, la cartera debía contener billetes a punta pala y/o tarjetas de crédito y débito de todos los bancos habidos y por haber e incluso de aquellos bancos que fueron borrados del mapa tras la debacle de gestión de activos financieros de Lehman Brothers. Por las formas de los relieves de la piel de la que estaba confeccionada, he intuido que el retazo de piel antes pertenecía a la barriga de un cocodrilo o de un caimán, que es un lagarto parecido al cocodrilo, pero con el nombre de la isla donde seguramente el señor propietario de la cartera tendría gran parte de sus ahorros y de los ahorros de otros muchos. Todo esto lo pensaba mientras me aproximaba disimuladamente hacia la cartera tirada en el suelo con intención de hacerla mía para siempre, pero en el último instante he declinado tal consideración y he tomado la determinación de pasar de largo como el que no quiere la cosa, y nunca mejor dicho.

El caso es que han pasado más de ocho horas de esto y aún estoy dándole vueltas a la cabeza sobre si debía o no debía haberme agachado a recoger la dichosa cartera. Por ahora mi indecisión va ganando y por goleada. Imagínate que me hubiera dado por cogerla y luego resulta ser propiedad de un implicado en un caso de corrupción y me veo a mí mismo declarando ante la Fiscalía acusado de blanqueo de capitales y todo por estar en posesión de una cartera que encima no es mía. ¡Qué disgusto se llevaría mi mujer¡ Aunque al menos, ella podría haber presumido de tener un marido corrupto como muchas de sus amigas y no de tener un marido incorrupto como dice ella. Quizá por eso sea un santo.

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