LAS MANÍAS

Tengo una amiga que me gusta desde hace tiempo, pero no sé cómo decírselo. Cuando llegas a tener unos años, como es mi caso, ya has perdido la práctica en los menesteres del flirteo (por no mencionar la inmensa pereza que da estar de cuerpo presente en esos bares donde lo que los define no es el nivel de calidad de la graduación de las copas, sino el nivel de hormonas por metro cuadrado). Llegar a los cuarenta tiene más de cuarentena que de otra cosa, lo que implica tener miedo a decir a las claras a la chica que te gusta lo que te gustaría hacer con ella, de ahí el acojone que te echa para atrás. ¿Y si por un casual yo también le gusto a ella y la cosa va a mayores? Menudo marrón. Tendría que bregar con todas esas manías que con la edad se manifiestan de modo irreprimible, como por ejemplo, dejar toda la encimera del baño sembrada de cremas antiarrugas y botes hidratantes y además, todos al retortero, que luego va uno a cepillarse los dientes y termina aplicándoles un baño de serum hipoalergénico de los que dejan la piel tan suave como el culete de un bebé, pero sobre tus molares e incisivos. Y también está lo de no parar de hablar por el móvil y precisamente en esos momentos más importantes del día, como cuando te dispones a echarte una cabezadita después de comer o justo en el instante en el que Keylor Navas se pone en cuclillas para detener el balón lanzado por Leo Messi desde el punto de penalti. Por no mencionar el número de cambios de humor injustificados debido a su vez a esos cambios que sufren todas las mujeres una vez al mes. Pero esto último se puede perdonar ya que manía como tal no es, aunque a veces creas que la regla viene tres veces por semana. En este último caso, todos los hombres preferimos mantener la distancia de seguridad, ya que son cosas de sus hormonas y ahí no nos metemos, no sea que la furia tome forma de bocinazo estilo vuvuzela y acabemos colisionando verbalmente de frente, y eso sí que no lo cubre ningún seguro, seguro.

La verdad es que la mujer en cuestión me gusta y mucho. Entre nosotros, y sabiendo que no lee mis artículos, la tía está como un queso. Los pantalones vaqueros la hacen un culo de los que provoca tortícolis a la gente al caminar por la calle (mujeres incluidas). Y tiene una delantera que ni “La Canarinha” en el mundial del 94. Cuando estoy frente a ella, parece que una relación íntima apuntaría maneras si atiendo a las señales que me hace con su mirada, su escote y sobre todo con su gesto de cruzar las piernas al estilo Sharon Stone dejando entrever ese liguero bajo su estrecha y ajustada falda que le sienta como un guante de látex. Si al final va ser que en esto del sexo hablado, cuanto más teorizas más apetece llevarlo a práctica. Yo llevo sin catarlo algo más de un año, pero de tanto charlar del tema estoy volviendo a cogerle el tranquillo, como montar en bici que una vez que aprendes nunca se olvida. Y total, por tres o cuatro manías que tenga la chica, seguro que no será para tanto. Además siempre quise tener los dientes tan suaves como el culete de un bebé, pero eso es manía mía.

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