QUE EL MUNDO SE PARE

Soy un aficionado a la fotografía desde niño. Nací en la España en blanco y negro y ahí me quedé. El paso al mundo en colorines fue fácil, casi ni me enteré porque apenas tenía seis años. Pero a lo que no acabo de cogerle el tranquillo es al mundo digital de hoy en día. Acostumbrado a las cámaras de fotos con carrete de toda la vida, las que los profesionales que saben de esto llaman de 35 milímetros, me cuesta horrores adaptarme a lo de la tarjeta de memoria de cuarenta jigas o como coño se escriba. Si antes sólo podías hacer un máximo de 36 disparos, ahora puedes matar a más gente que Hitler en la segunda guerra mundial. El negativo analógico es al revólver lo que la tarjeta digital a la bomba de Hiroshima. De hecho, con un disparo de revólver puedes matar sólo a una persona y su imagen sigue de cuerpo presente, mientras que con la tarjeta digital, si no te gusta cómo lo has matado, lo haces desaparecer y repites el disparo nuevamente. ¿Y dónde irán a parar todos esos cuerpos eliminados al ser borrados de la tarjeta?, me pregunto yo. Debe haber por ahí un limbo de personas eliminadas sin entender muy bien dónde están ni por qué.

Según las estadísticas, en el último año en España se vendieron más de millón y medio de cámaras digitales. Todas ellas cargadas con sus respectivas tarjetas de megas y megas a la espera de eliminar a ese compañero de trabajo que fotografiamos con los ojos cerrados, a nuestro mejor amigo en el día de su boda completamente desenfocado (como no podía ser de otra manera) o al primo que hizo la primera comunión con la boca completamente abierta (también como no podía ser de otra manera ya que espera que le den una hostia, la consagrada, quiero decir).

Por más que leo el manual de instrucciones de la Canon digital que acabo de adquirir, no consigo acertar ni con el encuadre, ni con la luz. Y eso que el manual viene en ocho idiomas diferentes y algún que otro dialecto. Por si hubiera alguna duda con el castellano, con el holandés puede que quede más claro, pero ni con esas, ya que lo más cerca que he estado de Holanda ha sido en la semana holandesa del El Corte Inglés, por lo que continúo sin saber hacer una foto digital en condiciones.

Al final he decidido regalarle la cámara a mi hijo, que como él sí que sabe algo de holandés desde su año de Erasmus en Ámsterdam, puede que sepa sacarme alguna foto donde salga yo de cuerpo entero. Y si por casualidad no le gusta cómo he salido, siempre podrá eliminarme y enviarme a ese limbo donde están los que son como yo, o sea, esos que aún vivimos en un mundo analógico y no entienden nada de lo que ocurre a su alrededor. Que el mundo se pare, que me bajo.

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