VIDA DE SECUNDARIO

Me encantan los actores secundarios. Son esos actores cuyo nombre nadie recuerda, pero que llevan la interpretación en la sangre y elevan los matices del guión al séptimo cielo, o mejor dicho, elevan al cine al séptimo arte. Seguro que recuerdas alguna película con algún actor secundario de esos que ponen en jaque al actor principal en las escenas decisivas donde se encuentran frente a frente. Ahora mismo me viene a la mente el nombre de Victor Komarovsky. A ti seguro que no te viene, pero si te digo que es el papel del actor Rod Steiger en el film Doctor Zhivago puede que tu memoria comience a refrescarse casi tanto como el ambiente en el que se desarrolla toda la película. El papel de este personaje era capaz de modificar la vida de todos los hombres y mujeres de su alrededor haciendo lo que consideraba mejor. Mejor para él, quiero decir, porque era evidente que lo mejor para los demás era tan secundario como su papel en la película. En cierto modo ejerce de Dios, que también reconduce el destino de nuestra vida sin tener en cuenta qué es mejor o peor para nosotros, de eso ya se encarga cada uno por su cuenta.

Desde que venimos al mundo estamos rodeados de esos secundarios que hacen su papel como nadie y orientan nuestra vida sin ton ni son. En el colegio, cuando un profesor te dejaba para septiembre, era él quien sin quererlo estaba decidiendo el destino de las vacaciones familiares. Cuando más adelante suspendías el examen de selectividad, un jurado formado por personas que sólo sabían de ti por tu nombre y apellidos decidían la carrera universitaria que debías estudiar aunque fuera la opuesta a la que deseabas entregarte en cuerpo y alma. Cuando estás en edad de merecer, como se decía antiguamente, no eres tú quien elige con quién pasar el resto de tus días, fue ella la que decidió con quién pasar el resto de los suyos. Cuando ya no puedes reaccionar por culpa de los achaques de la edad en tus huesos, en tu mente y sobretodo en tu memoria, son tus hijos los que acuerdan ingresarte en un centro donde pasarás lo que te queda de vida, casi nunca por tu bien y casi siempre por el bien de ellos. Por eso cuando veo a Victor Komarovsky en Doctor Zhivago me imagino que soy uno de esos secundarios capaces de elevar los matices del guión de mi propia vida a la categoría de arte, aunque seguro que en la penúltima escena al guionista de los cojones se le ocurre acabar conmigo siendo atropellado por un tren sin frenos o apuñalado por un drogadicto en la cima de su síndrome de abstinencia. Si es que no somos nadie.

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