A LA ALTURA DE SUS BESOS

Mide algo menos de un metro y ochenta centímetros. Es alta y flaca, muy flaca. Tan alta como el vuelo de un Anser Inducus y tan flaca como la acícula. Empecé a besarla hace meses y aún estoy por el escafoides del pie derecho. Calculo que para Navidades habré llegado al astrágalo. Lo hago despacito, muy despacito, no sea que la fuerza de mis labios esquirlen su cuerpo de astilla (no busquen el verbo esquirlar porque no existe, me lo acabo de inventar). Ella dice no ser consciente de mis besos, que allá abajo no le riega bien la corriente sanguínea y que apenas tiene sensibilidad. Aún así, no me rindo y cada día subo un poco más, estirándome todo lo que puedo. Mi meta es llegar a la cima de su boca, donde parece que la sangre palpita enrojeciendo la lava de una lengua húmeda y brillante como barniz acrílico. Beso a beso voy plantando gerundios en su piel, que después veo crecer a medida que pasan los días. Ayer fue dactileando, hoy es pestañeando y mañana será carrilleando. Voy mezclando los gerundios existentes en la lengua oficial que hablan quienes no han sentido el amor que yo siento con aquellos otros gerundios que me invento según transito por la epidermis de su cuerpo acicular (por esa razón no traten de mirar en el diccionario los gerundios dactileando y carrilleando, no existen. Aunque pestañeando, sí). Me valgo de cualquier parte de la anatomía humana que la madre naturaleza me ha donado cuando la superficie a acariciar no es posible cubrir con las palmas de las manos. Y como ya he dicho que es tan alta como el ganso Anser Inducus, capaz de sobrevolar el Himalaya en época migratoria, pues yo empleo la mirada para tañer lo que mis dedos no logran yemaciar (desistan buscar el significado del verbo yemaciar, también me lo he inventado, y significa acariciar con la yema de los dedos). A veces tengo que entornar los ojos con el fin de enfocar y lograr ver nítidamente su silueta difuminada en las alturas. En otras ocasiones prefiero bajar los párpados y sentir en los surcos de mis apéndices articulados superiores el tegumento que tapiza su figura. Desearía besarla por completo, pero tendré que asumir que besarla a cachos es la máxima altura a la que puedo elevarla como amante. Por eso sé que nuestro amor será infinito, como lo son los días eternos a su lado con sus noches sin fin. Entre un beso y otro, la obsequio con versos que voy escribiendo en el aire, haciéndole el humor para alcanzar el punto G de su risa picánea (renuncien a mirar en el diccionario el significado de picánea, es una palabra que no existe porque acabo de inventarla y quiere decir pícara y espontánea). Así es mi modo de expresar lo que siento cuando nos enzarzamos como la yedra en la piedra, como si yo regresara de una guerra en la que las balas son palabras y la pólvora la tinta que sale de mis labios con sabor a saliva. Ella jamás ha cuestionado el origen de las palabras que concibo inspirado en sus ojos comburentes. Se limita a adivinar el significado sabiendo que sólo hay bienquerencia en cada una de ellas y a reciprocar con placer insólito por ser la única benefactora.

Deseo que nuestro amor sea perpetuo como el amorzagamiento que siento por ella. Un amorzagamiento que sólo comprenderán los lectores amozargados. Por cierto, tampoco busquen las palabras amorzagamiento ni amozargado que también las acabo de inventar. Así es el amor, creativo por naturaleza.

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