LA “MIDDLE-AGE”

Si a lo largo de nuestra existencia, nos limitásemos a hacer lo que nos diera la gana, las cosas irían mejor, estoy convencido. La mayoría de los niños de menos de tres años lo hacen y ahí están, más contentos que unas castañuelas. Les gritamos “que no hagas esto, que no hagas lo otro, que si bájate de ahí ahora mismo, que si súbete ahora mismo”… y ellos haciendo lo que les sale de los mismísimos. Es curioso cómo de pequeños nos da todo igual. Nos da igual lo que nos diga nuestra madre, nuestro padre, la madre de nuestro padre o la madre naturaleza. Si hay que hacer caca se la hace uno encima y si hay que subirse de pie a esa silla, pues se sube y en paz triste. La caca nos la suele quitar la madre, que para eso es la madre que nos parió, y pocas veces lo hace nuestro padre (¡la madre que le parió!). Pero lo que no nos quita nadie es la hostia que nos dan por no bajarnos de la silla cuando nos lo dicen. Según vas madurando, la cosa es diferente: o eres de los que va gritando a sus empleados, “no hagas esto, no hagas lo otro, sube ahora mismo, baja aquí ahora mismo”…o esperas no ser empujado de la cómoda silla donde te subiste años atrás. Sólo hay estas dos opciones.

Y cuando llegas a la mediana edad (que no es lo mismo que la edad media, pero se parece bastante), en lugar de mirar hacia adelante para no caerte, miras hacia atrás para dejarte caer. Por influencia anglosajona, muchos la llaman “middle age crisis” o crisis de los cuarenta, para entendernos entre nosotros, que es esa edad en la que tú formas parte de la media y tu crisis forma parte de ti.

En el grupo social formado por los que están en esos años, o eres el jefe que se tira en el asiento de un Porsche al lado de una veinteañera (generalmente la secretaria de dirección), o eres de los que ha cedido su asiento de trabajo a un veinteañero que se tira a la jefa de personal. Y cuando más se pone en evidencia este dato es en las cenas de antiguos alumnos. Todos hemos asistido a cenas de antiguos alumnos del colegio en las que siempre aparece el que fuera empollón de clase con una colegiala colgada del brazo que bien podría ser su hija, o incluso la mía, o la tuya. Es en esos momentos en los que analizas qué cosas de tu vida has hecho mal o cuáles no has hecho bien para haber ido de mal en peor. Y es entonces cuando regresas a casa con el ojo morado y rozando el coma etílico debido a la ingestión únicamente de dos cubatas y medio. Y a la mañana siguiente crees morirte. No tanto por el nivel de alcohol en tus venas, sino por haber retado (a la altura del medio cubata que no te terminaste) a la colegiala a comparar tu miembro viril con el del empollón de la clase en un ataque de masculinidad provocada por los 40 grados del ron destilado. Y un buen día, ante el espejo, con tu papada en creciente alianza con la ley de la gravedad, el cartón asomando prominentemente, la barriga que impide la completa visión de la periferia de la taza del wáter cuando orinas y esa sensación de ahogo continuo, es cuando nuevamente vuelves a preguntarte: ¿Por qué cojones no hice lo que me dio la gana cuando era joven?

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