LA ENTREVISTA DE TRABAJO

Ella trabajaba en publicidad dirigiendo una de las agencias más creativas del momento. La más creativa, decían todos. Él trataba de encontrar empleo y ésta era su octava entrevista de trabajo en menos de una semana. Se citaron para comer y valorar la posibilidad de cubrir el puesto vacante dejado por el director creativo que había sido reclamado por otra agencia de la competencia. Menos creativa, pero mejor pagada. Un puesto como anillo al dedo, pensó entonces, era cosa del destino, volvió a pensar. Habían oído hablar el uno del otro, pero nunca habían tenido la oportunidad de conocerse personalmente. Ella llegó al restaurante puntual, a la hora acordada. Él llevaba unos minutos esperando, no demasiados, los que lleva tomarse media copa de vino. El primer impacto visual fue muy grato para ambos. Al menos, él lo quiso ver así por la curvatura que formaron los labios de ella al pronunciar el nombre de él entre interrogaciones (una delante y otra detrás, más grande). La comida transcurrió entre anécdotas sin importancia y alguna que otra cuestión relacionada con el puesto vacante, también sin importancia. Tras el café y dos cigarrillos acordaron citarse nuevamente dos días después. También para comer y también para realizar después una prueba del talento para ese puesto vacante que hacía de anillo y para el que él haría de dedo. Dos días que se le hicieron eternos. Dos días en los que su mente no dejó un instante de hacer sudokus con las letras del nombre de ella. Llegó la segunda cita y el momento de la prueba. Mismo lugar, misma hora, diferente menú. Se saltaron el primer plato y del segundo pasaron a los postres. Compartieron tarta de manzana y un sola cucharilla. Ella no tenía que regresar a la oficina y propuso explicar los detalles de la prueba de talento tomándose una copa juntos en casa, la de ella. No estaba lejos. Apenas dos calles más abajo. Se besaron en el ascensor y mientras ella abría la puerta con pulso tembloroso, él ya había desabrochado con mano firme los botones de una blusa que parecía levitar entre sus dedos. Hicieron el amor apasionadamente durante tres horas hasta que la oscuridad de la noche inundó el dormitorio y él recordó que tenía casa propia, con mujer, dos niños y un perro dentro (que consideró oportuno no mencionar por si interfería en la decisión final y para la que estaba dispuesto a todo, tal y como acababa de demostrar entre las sábanas). Al despedirse en el rellano de la escalera, con un beso delicado, él pidió llevarse el documento que describía el motivo del encargo para consultarlo durante el fin de semana y así dejar demostrado el lunes a primera hora el valor de su talento para ese puesto que en forma de anillo veía cada vez más insertado en su dedo. Ella le devolvió su beso delicado y al tiempo que hacía un ademán para cerrar la puerta, con una dulce sonrisa en los labios le dijo mirándole a los ojos: “Ya hemos cogido a otro”.

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