LA REGLA

Mi novia me dijo ayer que no le baja la regla. Contesté que para eso lo mejor es tener banda ancha que te puedes bajar lo que quieras y súper rápido. Se agarró un rebote que lo flipas. Yo la tengo (la banda ancha quiero decir, no la regla) y me bajo de todo y a todas horas (especialmente por la noche que es cuando más apetece hacerlo, con nocturnidad y alevosía). La banda ancha vino a instalármela un señor sudoroso de una compañía de teléfonos y aprovechó para decirme que si quería, también me instalaba tropecientas cosas más. Le dije que no, no tanto porque no quisiera, sino porque como sudaba en demasía, pasaba olímpicamente de que impregnara de tufo a sobaquillo el salón de casa, lugar donde tengo colocado el router. Desde que tengo la banda ancha, mi hogar parece más grande de lo que es. Ahora puedo entrar en otros hogares sin llamar antes y a cualquier hora del día. Ayer mismo, sin ir más lejos, entré en casa de una ciudadana austriaca. Lo hice a través del cableado de fibra óptica que conecta mi ordenador con el suyo, y estuvimos charlando un buen rato. Ella desde el salón de su casa y yo desde mi habitación donde tengo el portátil (laptop, técnicamente hablando). Sé que era el salón de su casa porque veía un enorme cuadro de montañas nevadas tras su cuerpo desnudo que aparecía cubriendo las 15,6 pulgadas de la pantalla de mi ordenador. Supongo que ella vería algo parecido en el suyo, aunque en mi habitación no haya sitio más que para un calendario de gasolinera con la imagen de una mujer ligera de ropa y que me regaló el mecánico la última vez que llevé a reparar la junta de la trócola del Seat Ibiza. “Llévate uno para tu casa, yo tengo de sobra”, me dijo el mecánico mientras me entregaba el calendario con una mano y con la otra recogía los 350 euros luciendo unos dedos tan ennegrecidos por el aceite de motor como negro fue el pago de la reparación. Él sabe que vivo sólo y por eso debió pensar que la imagen de una joven en bikini podría levantarme la moral cada día, tal y como le sucede a él. Lo que no sabe es que mi moral la levanto con las páginas web de mujeres sin ropa que abundan por toda la red y en todos los países del mundo, como Austria. Mi novia me ha propuesto en varias ocasiones compartir casa, la suya concretamente, pero cada vez que me lo propone me hago el remolón. No sea que una vez juntos bajo el mismo techo, descubra mi afición al porno online y decida desahuciarme de su casa, que es el modo fino de decirme que me meta la banda ancha por donde amargan los pepinos (lógicamente supongo que amargan, porque nunca me ha dado por comprobarlo).

Puede que ahora, cuando todo apunta a que voy a ser padre, mi interés por la banda ancha se refiera a la banda ancha adhesiva que ajusta los pañales de los bebés. Vaya panorama.

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