SOY UN PRINGAO

Soy el presidente de mi comunidad de vecinos y además buen vecino, al menos eso creen mis vecinos. Cuando vienen a pedirme una tacita de sal, siempre les entrego el paquete entero. Riego las plantas de los descansillos una vez por semana y eso que ninguna de las plantas me pertenece. Barro y friego las escaleras y retiro el polvo de los buzones cuatro veces al mes, siempre en lunes para que todo luzca reluciente durante el resto de la semana. Reparto personalmente el correo certificado puerta a puerta y me aseguro de que lo reciba en mano el destinatario correcto. Saco a pasear al parque al perro de “la Antonia” cada mañana y cada noche durante los treinta minutos que aconsejan los veterinarios licenciados de las facultades privadas más prestigiosas del país (y el paseo incluye recoger las necesidades del animal con necesidades del tamaño animal de un diplodocus). Me encargo de espantar a los vendedores del Círculo de Lectores, también a los Testigos Jehová y sobretodo a los repartidores de folletos, octavillas y carteros comerciales que taponan de propaganda innecesaria las bocas de los buzones casi a diario. Y al fundirse el aplique del descansillo, ahí estoy yo, bombilla en mano para poner luz en la oscuridad. Soy buen vecino porque resisto los encantos de la vecinita universitaria del quinto que no para de insinuar su atractivo sexual ante mi vista cada vez que coincidimos en el ascensor (incluso cuando hay otros vecinos presentes). Pago religiosamente y con puntualidad británica las cuotas correspondientes durante los doce meses del año y añado la mitad de una cuota mensual al llegar diciembre para que el administrador disfrute de una Navidad por encima de sus posibilidades. Ayudo al jardinero a podar los setos en primavera, a regar el césped en verano y a limpiar la piscina dos semanas antes de que den vacaciones a los niños (también en verano). Recojo a mano las hojas secas caídas de los árboles en otoño y retiro de la puerta de cada uno de los garajes la nieve acumulada por el temporal cuando hay temporal de nieve, o sea, en invierno. Adelanto el importe de la derrama cada año que hay derrama, que suele ser un año sí y otro también. Tengo el wifi abierto para que los tres hijos del matrimonio del primero C naveguen por internet durante horas y horas y sin coste alguno para la economía doméstica de sus padres. Aunque sé que también lo usa Miguel, el del cuarto A, para bajarse películas porno que después mira a escondidas de su mujer o cuando ella está de viaje (no me pregunten cuándo sé que ella está de viaje, pero lo sé). Subo la compra a Marifé, la anciana del octavo, aunque su compra se reduzca a un barra de pan del día del Dia. Y cuando, Antonio y Luis, la pareja gay que vive de alquiler en el bajo B, se van de fin de semana de vacaciones a una casita rural o a su apartamento en Torrevieja-Alicante, me encargo de dar de comer a sus dos gatos en su casa y cuido a su perro de raza carlino en la mía.

Es evidente que además de buen vecino, tengo vocación de presidente, aunque sea de mi comunidad de vecinos, que es lo mismo que decir que soy un pringao.

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