EL FINAL DE LA INOCENCIA

En 1976 era moda entre los niños del barrio guerrear con unos soldaditos de plástico que vendían en los kioscos a peseta la bolsa, también de plástico. Apenas medían centímetro y medio, por lo que las compañías de infantería en formación nunca llegaban a superar el tamaño de una baldosa. Los había de todos los colorines, pero los rojos eran los más populares ya que el otro color, el “nacional”, había desteñido con el paso de los años y la vida comenzaba a verse color de rosa. Cuando en la dura batalla diaria, se daba alguna baja entre las filas, solventábamos el hueco del soldado caído en acto de servicio con un palillo coloreado, un lapicero consumido hasta sus últimas consecuencias o a ser posible con la colilla del Ducados que sólo fumaba en el barrio la mujer del banquero. Yo nunca conseguí que aquellas boquillas acarminadas formaran parte de ninguna de mis escuadras, por lo que mi regimiento fue menguando combate tras combate y acabé por perder todas las contiendas. Fue entonces cuando me hice pacifista sin saber lo que significaba aquella palabra y decidí emplear mi tiempo en hacer el amor y no la guerra. Y claro, el único amor que rondaba por allí era la mujer del banquero. Así que cuando desfilaba ante nosotros y los demás niños se lanzaban por los suelos al ataque del filtro del tabaco negro que ella apuraba a intensas caladas segundos antes de dejarlo caer, mi libido tomaba la ofensiva al ritmo que marcaba el contoneo de sus caderas. Por desgracia, la guerra que batallaba yo mismo contra mis hormonas duró tan poco como duraban vivos mis soldaditos de plástico en las contiendas con los otros niños del barrio. Con este panorama infantil a la vista, el Banco Central decidió cerrar la sucursal del barrio y batiéndose en retirada huyó el banquero llevándose consigo a su mujer bajo el brazo. Adiós a los filtros arrebolados reencarnados en soldaditos de plástico y adiós al despertar de mi lívido cada tarde al salir de clase. Es lo que tiene ser soldado tan joven, que te haces mayor antes de tiempo. Por eso, todavía hoy cuando por la calle mi ritmo cardiaco sintoniza con un contoneo de caderas femenino, no puedo evitar acercarme y preguntar: “¿Tienes un cigarrillo?”

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