HACIENDO DESAMIGOS

Si está leyendo este artículo a través de Facebook, significará que es amigo/a mío en la red social más social de las redes sociales que existen en la red. Y es amigo/a porque yo he aceptado su amistad con tan sólo mover un dedo, el índice concretamente, que es el mismo dedo que la humanidad al completo emplea para hurgarse en la nariz. Los hay que usan en índice de la mano derecha y otros el de la izquierda (para hacer click en el ratón del ordenador, quiero decir, no para hurgarse la nariz, aunque seguro que también). Desde que por primera vez acepté ser un miembro más de la red de redes, allá por el año 2008 (cómo pasa el tiempo), han sido muchas las personas que han pulsado el icono de mi página para solicitar ser amigo/a, o lo que es lo mismo para entrar hasta la cocina y ver cómo están las cosas por mi casa digital. A algunos les he dejado entrar y a otros no, del mismo modo que fueron muchos los que me dejaron pasar a mí cuando solicité su amistad y otros tantos los que pasaron de mi culo (por decirlo finamente). A día de hoy, no sabría decirles a ciencia cierta si esto del Facebook es bueno, malo, óptimo o pésimo. Aunque he de confesarles que el tiempo que le dedico está disminuyendo paulatinamente y que el beneficio emocional que obtengo es inversamente proporcional a la aminoración de minutos malgastados. Por suerte para mí y también para más de uno, en Facebook resulta tan fácil hacer “desamigos” como hacer amigos. Basta una ligera pulsación en el ratón tras haber ubicado correctamente el puntero pixelado con forma de flecha del Pleistoceno y todos los conocidos virtuales, pasan a ser desconocidos y también virtuales. Suena raro el concepto desconocido virtual. Es como si dijeras que conoces a tu pareja, pero aún no has escuchado su voz, ni sentido sus manos en tu piel o el sabor de su lengua en tu boca. Ser un amigo en Facebook es como la tortilla de patatas deconstruida que tanto dinero hizo ganar al cocinero-chef-empresario-engatusador Ferrán Adriá. No sabes si se trata realmente de una genialidad o te está tomando el pelo, como tampoco sabes si un amigo de Facebook es un amigo o un “desamigo”.

Lo bueno del paso del tiempo es que todo va encajando de modo natural. Podríamos afirmar que es la historia la que finalmente hace justicia poniendo a cada uno en su lugar. Y como ejemplo, el Facebook. Al principio tenías cientos de amigos y al final conservas a los mismos de siempre, que son los mismos con los que te vas a tomar una caña con un pincho de tortilla (sin deconstruir) al bar de la esquina en el que no saben quien coño es Ferrán Adriá, ni falta que les hace.

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