LA LITERATURA Y EL HOMO SAPIENS

Una vez leí no sé donde y tampoco sé cuándo que la literatura nació en el momento dado en el que un hombre de las cavernas regresó de una inexitosa jornada de caza (no busquen la palabra “inexitosa”, no existe, me la acabo de inventar) y ante la ausencia de presas que ofrecer a los miembros del poblado cavernícola ofreció a cambio un relato inventado basándose en la aventura que supone salir a cazar. Con la anécdota en la cabeza dándome vueltas y vueltas tal y como suelen darme vueltas las cosas que me hacen pensar, llegué a la conclusión de que en el caso de que fuera cierta dicha anécdota, podría ser cierto que los ancestros creadores de la agricultura fueron aquellos cavernícolas a quienes la aventura del cazador no terminó de convencer o que prefirieron tener algo seguro que llevarse a la boca antes que llevarse a los oídos aventuras inventadas (que también podría ser). Y dándole más vueltas a todo aquello que pienso y nace de todo aquello que me hace pensar, he llegado a la conclusión de que la literatura y la ilustración nacieron el mismo día en el que al cavernícola, a quien le dio por suplir su ineficacia lanzando la lanza, decidió emplear la imaginación para lanzar por la boca historias, e ilustrar de puño y letra (mejor dicho, con puño y dedos) lo que su mente deseaba compartir con quien más hambre tenía de conocimiento.

Puede que sea por eso por lo que los niños amen tanto los libros ilustrados. Puede que en su inocencia más pura sepan apreciar en toda su dimensión la importancia que supone relatar una historia valiéndose de una mezcla a partes iguales de palabra escrita e ilustración. Puede que sea por eso que, a día de hoy, miles y miles de años después de aquellos bisontes que decoran las cuevas de Altamira los niños de medio mundo sean incapaces de concebir la lectura de El Principito sin las ilustraciones del propio autor Antoine de Saint-Exupéry. O que muchos de los que están leyendo ahora mismo este artículo no puedan imaginar otra Alicia que no sea la que imaginó Sir John Tenniel cuando recibió el encargo por parte de Charles Lutwidge Dodgson para ilustrar Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas.

No sé si la anécdota del cavernícola es cierta o no. La verdad es que me da igual que me da lo mismo, aunque prefiero convencerme de su veracidad porque contiene todos los alicientes para ser cierta del mismo modo que carece de aquellos para ser falsa. El caso es que si creo en ella del modo en el que creo, será más cierto que nunca aquello que dicen que la literatura es el alimento del alma. Porque a falta de venado que llevarse a la boca, buena es una historia. Y si viene ilustrada, mejor que mejor, ya que la ilustración es como el buen vino que marida un suculento cordero asado a fuego lento. Espero que hayan disfrutado de la lectura. Que les aproveche.

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