DISCUTIR DUELE

Discutir duele, arruga el corazón y rompe el alma en pedazos. Antes de ayer les oí discutir de nuevo. Es la segunda vez en este mes. El mes pasado, enero, lo hicieron sólo en una ocasión y estuvieron reconciliándose durante quince días. Quince días con sus quince noches, sin interrupción. Se les oía gemir tanto bajo las sábanas entre flujos corporales de toda índole y procedencia como gritarse el uno al otro horas antes de hacer las paces. Pero en este mes en el que estamos, febrero, han pasado dos días y aún no les he escuchado ni gritar ni gemir a partes iguales. Es la primera vez que pasan dos días desde que las palabras agrias atravesaron las paredes que nos definen como vecinos de la misma planta, concretamente la tercera. Ellos en el tercero derecha y yo en el tercero izquierda. Los pisos de nueva construcción en los barrios periféricos de nueva construcción son construcciones caracterizadas por el empleo de materiales inmateriales. A juzgar por la baja calidad de los acabados, las numerosas grietas que florecen a lo largo y ancho de pasillos infinitos y sobretodo por la delgadez de los tabiques que hacen de pared, podría afirmarse que de bien construidos tienen poco y de nuevo no tienen nada. “Como papeles de fumar”, grita la Antonia que vive en el segundo C haciendo referencia al grosor de los tabiques. “Se nos oye hasta respirar”, confirma José Luis, el carnicero de la esquina que tiene su hogar en el primero B.

A mis vecinos del tercero, además de respirar les oigo todo lo que se dicen a la cara palabra por palabra cuando discuten. E incluso después, al hacer las paces, cuando no se están mirando, sé lo que se dicen entre sí. Soy capaz de escuchar el tacto de las yemas de los dedos de él recorriendo la epidermis de la llanura de la espada de ella. Las gotas de saliva de ella emergiendo de entre sus labios y resbalando por entre la comisura para descansar finalmente sobre la funda de algodón de la almohada dejándola empapada de líquido tibio. Siento en mis tímpanos el chasquido del dedo gordo del pie derecho de ella cuando lo estira hacia delante en un esfuerzo sobrehumano para conseguir alargar el orgasmo hasta la extenuación. Y todo ello lo oigo sin necesidad de arrimar el oído al gotelé, ni bajar el volumen del televisor. Simplemente con permanecer unos minutos en el centro del salón y contener la respiración varios segundos, puedo hacerme una idea del recorrido de la lengua de él deslizándose sobre la piel del torso de ella. Ellos saben que les oigo, pero no les importa, simplemente porque yo no les importo. Del mismo modo que a mí tampoco me importa que me oigan cuando hablo solo o cuando discuto conmigo mismo por no tener a nadie con quien discutir

Cuando llegue el próximo mes de marzo, desconozco si ellos discutirán de nuevo. Y cuando lo hagan (porque sé que lo harán) tampoco sabré el motivo. Y cuando les escuche discutir a través del papel de fumar que son las paredes de mi casa, se me arrugará el corazón y el alma se me romperá en pedazos. Pero sé que después se amarán con motivo y sin reproche. Se amarán por el simple hecho de amarse. Y lo sabré porque lo sé todo de ellos a través de las paredes que más que separarnos nos unen. Pero por fortuna el ser humano es fuerte y soporta el dolor. Si yo soy capaz de soportarlo estando en soledad, ellos también. Porque siempre se pueden planchar las arrugas del corazón y pegar los pedazos del alma con el único pegamento que logra pegarlos: el amor.

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