EL FRIGORÍFICO

Al salir de casa para ir al Mercadona, cierro siempre con llave, no sea que al estar comprando la leche entre algún desconocido y se lleve el frigorífico y después me vea obligado a guardarla en el armario, con la ropa de invierno. Es que la cosa está muy malita. Los pobres ladrones, o mejor dicho, los ladrones pobres de hoy en día, no tienen nada que llevarse a la boca, ni siquiera palabras. Y claro, cuando ven una puerta abierta se cuelan en silencio sin que te des cuenta y se llevan lo primero que pillan. Y como el frigorífico les puede dar de comer durante semanas, el artilugio doméstico se ha convertido en una necesidad biológica de carácter básico. El frigorífico es para ellos lo que viene siendo la PlayStation para los adolescentes actuales, o sea, un recurso valiosísimo. El panadero de la esquina me dijo ayer que a su cuñada dos hombres le robaron la nevera la semana pasada, con la fruta, las latas de conserva medio vacías y el pollo de la cena que sobró la noche anterior. Se lo llevaron todo, incluso los hielos sin descongelar, como debe ser, que a lo mejor para un cubatita les llega y todo. Vaya par de aficionados, pensé mientras el panadero relataba para el vecindario el acontecimiento con más miga del mes. Si por mí hubiera sido, en lugar del frigorífico, yo me hubiera llevado directamente a la cuñada que está para mojar pan y luego habría pedido como rescate un Balay combinable de dos puertas de esos de tres estrellas con tecnología “No Frost” que venden en el Alcampo. Aunque pensándolo bien, ¿para qué vale un frigorífico? En él metes la comida que te ha sobrado para zampártela al día siguiente. Y de este modo, el día siguiente se convierte en el mismo aburrido día que el anterior. Si ya sabes lo que vas a comer mañana, menuda emoción tiene sentarse a la mesa viendo en televisión una reposición de Canal Plus. Ya sabes cómo acaba la película y la insípida cena te sabe tan mala como te supo ayer.

Creo que al final, cuando salga a comprar la leche dejaré la puerta de casa abierta. Así cuando vuelva y no encuentre el frigorífico guardaré la leche en armario con la ropa de invierno, para que duerma calentita y eso que me ahorro en microondas. Vaya mala leche la mía.

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