EL GRAN ENCUENTRO

A media mañana he bajado al parque a tomar el sol. Sentado en un banco de madera, de esos que te dejan el trasero como una tabla de lavar ropa, fumaba mi Marlboro de turno sintiendo las flechas doradas del sol tachonándome la piel del rostro. Ante mí, al menos quince niños de todas las edades descargaban su furia contra una pelota de plástico de usar y tirar. La televisión pública y que dicen de todos los españoles, retransmitiría esa misma tarde un partido de fútbol de los de interés general, por lo que los niños que jugaban en el parque tenían nombres y apellidos de primera división. Algunos, incluso se llamaban entre sí con nombres propios de Nigeria, Brasil o Italia, y eso que ninguno era negro, bailaba samba o era mafioso (todavía). La única fémina futbolista presente que ejercía de guardameta en uno de los equipos, combatía el aburrimiento de su tediosa posición pintando siluetas indefinidas sobre la arena polvorienta con el tacón de su bota derecha.

Una falta cometida dentro del área pequeña que circundaba la portería de la pequeña cancerbera desembocó en un penalti y en consecuencia en un revuelo inusitado que atrajo la atención de cuantos aficionados espontáneos seguíamos el encuentro. Bajo los palos, la portera menuda había dejado a un lado su afición a emborronar el suelo con figuras abstractas para centrarse en detener la pelota cuando fuera lanzada en su dirección. Todas las miradas se centraban en ella. Con apenas nueve años, era la inocencia personificada. Todos gritaban su nombre sin cesar: Laura, Laura, Laura. Algunos para aclamarla, otros con la clara intención de achantarla y generar el temor en su ánimo. Sus piernecillas delgaduchas como redondos palillos de pincho de tortilla comenzaron a temblar cuando se percató de quien sería el lanzador de la pena máxima, un tal Rubén, el más corpulento de los que allí se encontraban y según comentaban los vecinos del barrio, su novio. La tensión se mascaba en el aire. Rubén retrocedió varios pasos hacia atrás para tomar impulso y después de realizar una parada estratégica para coger aire, inició una veloz carrera que finalizó golpeando la pelota con su pierna derecha aplicando en ella toda la energía posible. Se hizo el silencio. El mundo se detuvo por unos segundos y nada era más importante en aquel instante que descubrir el destino final de la pelota. A unos cinco metros del poste derecho, una anciana en silla de ruedas que se entretenía viendo corretear a las criaturas, detuvo el balón, pero con la cara, concretamente con el lado izquierdo de su cara. Derribada en el suelo y tumbada boca arriba e inmovilizada por el impacto, vociferaba sin parar al borde del colapso. Fui el primero de muchos en llegar a socorrerla. Al alzarla entre mis brazos contemplé asombrado su gran parecido físico con Laura, la novia de Rubén. Levanté la vista y dirigí mi mirada hacia una portería que hallé sin Laura, sin Rubén y sin ningún otro niño alrededor. Y sin poder recuperar la inocencia perdida, me di cuenta de que habían pasado 80 años.

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