ESTO ES LO QUE HAY

“Esto es lo que hay”, es lo que me contestaba mi abuelo cuando le decía de niño que no quería lentejas. “Pues si quieres las comes y si no las dejas”, volvía a decirme. Mi abuelo tenía frases para todo, en todo momento y en todo lugar. De camino de vuelta a casa, tras la salida del colegio, sus lecciones de vida tenían más enseñanzas que lo aprendido en clase de matemáticas, lengua y religión juntas. Cuando la incontinente curiosidad infantil me obligaba a preguntar por qué había hombres arrodillados con la mano extendida en las esquinas de las principales calles, su frase comodín era “Si es que la cosa está muy malita”, e inmediatamente echaba mano al bolsillo para entregar unas monedas al arrodillado. Si al pasar ante una obra de una constructora, veíamos a un obrero trabajando y cuatro mirando, solía declamar exaltado: “Ya están ésos pintando la mona”, para luego añadir “Si es que no dan ni un palo al agua”, aunque por mucho que yo mirara a mi alrededor no viese mona por ningún lado, ni palos, ni tampoco agua (salvo si coincidía que ese día estaba lloviendo, claro). En el autobús, al ver a un joven fingiendo mirar por la ventanilla para no ceder su asiento a una mujer embaraza, exclamaba a voz en grito: “Si es que ya no hay educación, ni modales. Mira cómo se hace el sueco”. Aunque por mucho que mirase dentro del autobús, yo nunca veía a suecos sentados, ni tampoco de pie amarrados a la barra. Y luego añadía clavando su mirada en los ojos del joven: “Cede el asiento, caradura”. Cada vez estoy más convencido de que mi abuelo era filósofo, porque todas y cada una de sus enseñanzas las aplico hoy en día y realmente funcionan.

Cuarenta años después, cuando camino por la calle con mi hijo de la mano tras recogerle en el colegio camino de casa de su madre, voy adiestrándole tal y como hacía su tatarabuelo conmigo. Se nota que es hijo mío, porque posee la misma incontinente curiosidad que exhibía yo a su edad y cuestiona todo lo ve a su paso por la vida. “Papa, ¿por qué no vamos en coche como los otros niños?”. “Papá, ¿por qué mamá ya no vive contigo?”, “Papá, ¿por qué el novio de mamá me lleva a Eurodisney y tú no?”, “Papá, ¿por qué llevas siempre la misma ropa?. “Papá, ¿por qué ya no sonríes como sonreías antes?”

Al llegar a mi casa vacía, he puesto a calentar las lentejas que tenía congeladas de la semana pasada y mirando el interior del puchero, he dudado si comerlas o dejarlas. Y sin querer me he deshecho en un mar de lágrimas. Puede que recordando a mi difunto abuelo o puede que pensando en lo que la vida finalmente ha hecho conmigo. Es lo que hay.

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