Querida Julia:

Te extrañará recibir esta carta después de tanto tiempo sin tener noticias mías. Reconozco que me resulta extraño ponerte al tanto de mi vida tras cuatro años y medio de silencio, tanto por tu parte como por la mía. Pero la razón por la que te escribo es importante, al menos para mí. Hace tres meses tuve una hija. Le puse tu nombre, Julia. No veo pasar las horas del día mirando sus bracitos, sus dedos diminutos con los que apuña el meñique de mi mano derecha, o los piececillos de muñeca que restriega entre sí cuando tiene hambre…ése es su modo de pedirme que le dé el pecho. A estas alturas de la carta, te preguntarás por qué te estoy contando todo esto, por qué he puesto tu nombre a mi hija, y sobretodo te estarás preguntando quién es el padre. Cuando Julia se haga mayor y alcance la edad en la que busque respuestas para todo, también preguntará por qué elegí el nombre de Julia para ella, preguntará por qué quise tener una hija a mi edad, 41 años, y también preguntará por su padre, del mismo modo que te lo estás preguntando tú ahora mismo. Le diré la verdad. Que la tuve porque tenerla a ella era lo que más deseaba en el mundo. Confesaré que su padre fue un donante anónimo de una clínica de fertilidad a la que acudí para inseminarme cuando el deseo de tener un bebé resultaba irreprimible. Y la mentiré diciendo que le puse Julia por una película de Annete Bennig. A ti te encantaba esa actriz. ¿Recuerdas la película? La llegamos a ver más de doce veces. La verdad es que deberían haberle dado el Óscar de Hollywood. ¿Sabes que no he vuelto a ver esa película desde aquella tarde de domingo? No he sido capaz. Después de aquella tarde en la que nos dijimos adiós, he ido encadenando un fracaso tras otro. Anduve perdida un tiempo. Buscándome a mí misma sin terminar de encontrarme. Y de repente llegó Julia. La mejor decisión de mi vida. Gracias a ella he vuelto a ser quien era. Julia lo es todo para mí y sin ella nada soy. Cuando me clava la mirada desde sus ojitos azules, me da por imaginar cómo será cuando tenga la edad que tengo yo ahora. Otras veces pienso en lo que sufrirá cuando experimente por primera vez la decepción, o la emoción del primer amor. O si siempre estaré a la altura de ser la madre que toda hija espera tener. Y es entonces cuando me da por llorar. Lloro de miedo, o por inseguridad, no sabría diferenciar la emoción de cada sentimiento. O quizá lloro por sentir dicha y felicidad al mismo tiempo…no sé… Supongo que comprenderás perfectamente lo que quiero decir. He oído por ahí que tú también eres madre, que tuviste hijos, dos, un niño y una niña. Y que ya van al colegio. No sé si a tu hija le has puesto mi nombre como he hecho yo con la mía poniéndole el tuyo, Julia. Tampoco quiero saber la razón por la cual quisiste tener hijos, ni pienso preguntarte por su padre. Ahora lo importante, por encima de nosotras, son ellos, los hijos. Para ti los tuyos y para mí Julia. Los hijos nos hacen mejor de lo que somos y lo cambian todo de arriba abajo. Por eso, si pudieras darle algún consejo a la madre primeriza que soy ahora, te lo agradecería. Tus consejos siempre me vinieron bien cuando éramos novias. Y ahora los necesito más que nunca, casi tanto como a ti.

Siempre tuya, Alicia.

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