QUIEN MUCHO APRIETA, POCO ABARCA

Vengo de ampliar las fotos de las vacaciones de verano. He tardado en decidirme qué fotos sacar en papel y qué fotos dejar en la tarjeta de memoria. Antes del aterrizaje del mundo digital en el aeropuerto de nuestra vida, todo era más sencillo. No tenías que decidir entre las 3.485 fotos que has hecho en los quince días de veraneo, bastaba con elegir entre las 36 del carrete. Lo digital ha convertido en excesivo todo lo que hacemos. Te bajas de la red tantas canciones que necesitarías tres vidas para escucharlas todas. Hay más películas en el disco duro de tu ordenador que en la filmoteca nacional. Y tienes un callo en el dedo índice de tanto apretar el disparador de la cámara de fotos. Este efecto excesivo se ha trasladado a otros ámbitos. Nada más hay que darse una vuelta por la sección de lácteos del Mercadona para ver la cantidad de tipos de yogures que exhiben. Entre los naturales, desnatados, semidesnatados, con bífidus activo, con fruta natural troceada, de frutas silvestres, de frutas exóticas, de frutas del bosque, etcétera, etcétera, etcétera, he contabilizado más de 120 variedades. Vamos, que al final lo de menos es el yogur.

¿Y qué me dicen de las cuchillas de afeitar? Mi abuelo se afeitaba con una hoja Filomátic de acero inoxidable que anunciaba Gila y le duraba meses, mi padre con la Gillette de plástico azul de dos cuchillas, mi hermano mayor con la Match 3 de cabezal basculante con tres cuchillas y yo con la Wilkinson hidrogel de cuatro cuchillas. Y ahora, no sé qué marca acaba de sacar un modelo de ¡cinco cuchillas!. Que si la primera ya elimina el bello facial, no quiero ni pensar en lo que hará la quinta cuchilla sobre la piel, eso si aún queda rastro de epidermis tras el rasurado de la primera, la segunda, la tercera y la cuarta. Estoy plenamente convencido que tanto de tantas cosas está provocando el efecto contrario. Un ejemplo claro es el video. Cuando me compré el mío con intención de ver la grabación de mi boda, tuve que ir con el coche dos veces a la tienda. Una a por el aparato y otra a por el manual de instrucciones de uso, no sé qué pesaba más. Total, para acabar apretando únicamente sólo 3 botones, el play, el rewind y el fast-forward.

Lo mismo ocurre en la vida. Me sigo preguntando para qué quiero yo que mis hijos sepan cuatro idiomas, tocar el piano, bailar danza, programación informática, artes marciales y hacer la declaración de la renta, si sólo necesito que me abracen cada noche al volver de la oficina. La vida hoy en día es así: tienes mucho de todo para acabar teniendo poco de nada.

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