MEJOR DESNUDOS QUE VESTIDOS

¿Por qué cuando los hombres vemos vestidas a las mujeres nos las imaginamos desnudas? Supongo que a muchas mujeres les ocurrirá lo mismo cuando miran vestido a un hombre que está de buen ver. Digo supongo porque nunca he notado sobre la figura de mi persona ninguna lasciva mirada femenina comparable a las que veo lanzar a muchos hombres cuando ven desfilar por la calle a una mujer delante de sus narices. Este dato refleja que no sólo no estoy de buen ver sino que además indica el buen gusto del sexo femenino por los ejemplares del sexo opuesto. Ser consciente de ello y asumiendo la realidad de modo plausible, la sensación generada me proporciona mayor índice de libertad respecto a la de aquellos otros semejantes masculinos con quienes únicamente comparto género, ya que la belleza, la hermosura, el atractivo y sex-appeal han recaído sobre sus hombros y no sobre los míos. Las responsabilidades derivadas de poseer un atractivo físico de los que hace girar la cabeza a todas las mujeres es algo que debería exigirse en las universidades como asignatura obligatoria a quienes superen una prueba de belleza física. Tanto hombres como mujeres, independientemente de su inclinación sexual, estarían obligados a responder una serie de preguntas tipo test en las que se desvelara la belleza interior de los que son bellos por fuera. Gracias a los exámenes de acceso para bellos y bellas, los que no somos bellos ni bellas estaríamos eximidos de cumplir con la normativa tácita vigente de vestir la ropa que mejor nos sienta así como de seguir modas pasajeras que generan más quebraderos de cabeza que felicidad proporcionan, excepto para las hermosuras y los hermosuros (no busquen en el diccionario esta última palabra porque me la acabo de inventar). Esta medida resultaría igualitaria para ambos sexos. Los bellos y bellas esclavos de su esplendor atractivo son los que aprobarían con nota, frente a los que somos “del montón” que suspenderíamos sin opción de reválida. Pero a cambio recibiríamos la libertad plena y duradera de elegir emparejarnos con quien deseemos (o desee el amor) sin seguir los mandamientos de la moda, ni tener en cuenta si la ropa que vestimos nos sienta bien o mal.

Por eso te digo a ti, estimada lectora, que volveré a imaginarte desnuda la próxima vez que pases ante mis ojos y espero que tú hagas lo mismo conmigo cuando nos crucemos por la calle. Sólo deseo que cuando lo hagas, me lo pongas fácil y no lleves nada encima. Así podremos besarnos de la cabeza a los pies con la libertad que sólo proporciona saberse deseado por el sexo opuesto.

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